Después de las agradables pláticas que acabo del referir,
vi en mi sueño que habían pasado ya los peregrinos la Tierra-Encantada y
estaban a la entrada del países del Beulah.
Muy dulce y agradable era el aire de este y como quiera
que el camino iba por medio de él, se recrearon allí por algún tiempo.
Allí se recreaban agradablemente en oír el canto de los pájaros y la voz
dulce de la tórtola y en ver las flores que aparecían en la tierra. En
este país brilla de día y de noche el sol, por lo cual está ya fuera
enteramente del Valle-de-la-Muerte y también del alcance del gigante
Desesperación, y del allí no se veía ni la más mínima parte del
Castillo-de-la-Duda; allí, además, estaban a la vista de la ciudad
adonde iban, y más de una vez encontraron alguno que otro de sus
habitantes. Porque por ese país solían pasearse los Resplandecientes,
por lo mismo que estaba casi dentro de los límites del cielo; en ese
país también se renovó el pacto entre el Esposo y la Esposa, y como
éstos se gozan entran en sí, así se goza con ellos el Dios del ellos;
allí no faltaba trigo ni vino, porque había abundancia de lo que había
buscado en toda su peregrinación. Allí también oían voces fuertes que
salían de la ciudad y decían, "Decid a las hijas de Sión, he aquí viene
tu Salvador, he aquí su recompensa con El."
Allí por último, los habitantes del país los llamaron
“Pueblo santo, redimidos de Jehová ciudad buscada…”
¡Dichosos ellos! Según iban caminando por ese país,
tenían mucho más regocijo que en las partes más remotas del reino a que
se dirigían, y cuanto más se acercaban a la ciudad, tanto más magnífica
y perfecta era la vista que se les presentaba. Estaba edificada de
perlas y piedras preciosas; sus calles estaban empedradas de oro;
así que, a causa del brillo natural de la ciudad y del reflejo de los
rayos del sol, se puso enfermo de deseos Cristiano. Esperanza sintió
también uno o dos ataques de la misma en enfermedad, por lo cual
tuvieron que reclinarse allí un poco, exclamando en medio de su
ansiedad: "Si hallareis a mi amado, hacedle saber cómo de amor estoy
enfermo." Más, fortalecidos un poco y hechos capaces de sobrellevar su
enfermedad, prosiguieron su camino, acercándose cada vez más
y más hacia donde había viñedos frondosos y deliciosísimos jardines,
cuyas puertas daban sobre el camino. Encontraron al jardinero, y
dirigiéndose a él, preguntaron ¿De quién son estos viñedos y jardines
tan hermosos? Contestóles: —Son del Rey, y se han plantado para su
deleite y para solaz de los peregrinos—. Y les hizo entrar en los
viñedos; les mandó refrescarse con lo más regalado de sus frutos; les
mostró también los paseos y cenadores donde el Rey se deleitaba, y, por
último, los invitó a detenerse y a dormir allí, vi que mientras dormían
hablaban más que en todo su viaje; y recapacitando yo sobre ello, me
dijo el jardinero ¿Por qué recapacitas sobre esto? Es sobre la
naturaleza del fruto de estas viñas entrar suavemente y hacer hablar los
labios de los que duermen.
Cuando se despertaron se preparaban a acercarse a la
ciudad; pero como he dicho, siendo ésta de oro fino, era tal el reflejo
del sol sobre ella y tan sumamente glorioso, que no pudieron
contemplarla con la faz descubierta sino por medio de su instrumento
hecho para ello. Y vi que, según iban andando, les encontraron dos
hombres con vestiduras relucientes como el oro, y sus rostros brillaban
como la luz, quienes les preguntaron de dónde venían, en dónde se habían
hospedado, qué dificultades y peligros, y qué consuelos y placeres
habían encontrado en el camino. Y satisfechas estas preguntas, les
dijeron: sólo dos dificultades os restan, e inmediatamente entraréis en
la ciudad.
Cristiano y su compañero pidieron luego a los hombres que
les acompañasen. Estos contestaron que lo harían con gusto; pero que
tenían ellos que alcanzarlo con su propia fe; y marcharon juntos hasta
llegar a la vista de la puerta.
Ya allí, vi que entre ellos y la puerta había un río;
pero no había ningún puente para poder pasarlo, y el río era muy
profundo. A la vista de él, los peregrinos se asustaron mucho, pero los
hombres que les acompañaban les dijeron: —Habéis de pasarlo o no podréis
llegar a la puerta.
—Pero, ¿no hay otro camino?—preguntaron. —Sí—les
contestaron—; pero a sólo dos, a saber, Enoch y Elías, se les ha
permitido pasar por él desde la fundación del mundo; ni a nadie más se
permitirá hasta que suene la trompeta final—. Entonces empezaron los
peregrinos, especialmente Cristiano, a desconsolarse en su corazón y
mirar a uno y otro lado; pero ningún camino pudo hallar por el cual
pudieran evitar el río. Preguntaron entonces a los hombres si el agua
estaba en todas partes a la misma profundidad, y se les dijo que no, que
el encontrarla más o menos profunda sería según su fe en el Rey del
país, no pudiendo ellos ayudarles en tal caso.
Decidiéronse, pues, a entrar en el agua; mas apenas lo
habían hecho, empezó Cristiano a sumergirse, exclamando a su buen amago
Esperanza: —Me anego en las aguas profundas, todas son ondas y sus olas
pasan sobre mí—. Esperanza contestó: —Ten buen ánimo, hermano; siento
fondo y es bueno—. Entonces dijo Cristiano: — ¡Ah!, amigo mío, hanme
rodeado los dolores de la muerte, y no veré la tierra que mana leche y
miel—. Y en esto cayó sobre Cristiano una grande oscuridad y horror, de
tal manera, que no podía ver lo que estaba delante. Perdió también sus
sentidos en gran parte, de modo que no podía acordarse ni hablar
cuerdamente de ninguno de los dulces refrigerios que había encontrado en
su camino. Todas las palabras que pronunciaba daban a entender que tenía
horror de corazón y temores de morir en ese río, y nunca tener entrada
por la puerta de la ciudad celeste. Los circunstantes observaban también
que tenía pensamientos muy molestos de los pecados que había cometido,
tanto antes como después de hacerse peregrino. Se observó que estaba
molestado, además, por las apariciones y fantasmas y espíritus malos,
pues de vez en cuando lo indicaban sus palabras.
Mucho trabajo, pues, costaba a Esperanza conservar la
cabeza de su hermano por encima del agua; algunas veces se le sumergía
enteramente, después de lo cual salía casi medio muerto; trataba de
consolarle, hablándole de la puerta y de los que en ella le estaban
esperando; pero la respuesta de Cristiano era: —Es a ti a quien esperan;
has sido siempre Esperanza todo el tiempo que te he conocido; ¡ah!, de
seguro que si yo fuera acepto a El, ahora se levantaría para ayudarme;
pero por mis pecados me ha traído al lazo y me ha abandonado en él.
—Nunca—contestó Esperanza—; ¿has olvidado sin duda el texto en que dice
de los malos: "No hay ataduras para su muerte; antes su fortaleza está
entera; no están ellos en trabajo humano ni son azotados con los otros
hombres?". Esas aflicciones y molestias, por las cuales estás pasando en
estas aguas, no son señal alguna de que Dios te haya abandonado,
sino que son enviadas para probarte y ver si te acuerdas de lo que
anteriormente has recibido de sus bondades, y vives de él en tus
aflicciones.
Estas expresiones pusieron a Cristiano muy meditabundo, y
por eso añadió Esperanza: —Confía, hermano mío; Jesucristo te hace
sano—. Al oír esto Cristiano, prorrumpió en voz alta: —Sí, ya le veo y
oigo que me dice: cuando pasares por las aguas yo seré contigo, y cuando
por los ríos no te anegarán". Con estas pláticas se animaban mutuamente,
y el enemigo nada podía con ellos, en términos que los dejaron, como si
estuviera encadenado, hasta que hubieron pasado el río. La profundidad
de éste iba disminuyendo; pronto encontraron ya terreno donde hacer pie,
y acabaron su paso.
Qué consuelo tan grande experimentaron cuando a la orilla
del río vieron de nuevo a los Resplandecientes, saludándolos, les
decían: "Somos espíritus administradores, enviados para servicio a favor
de los que serán herederos de la salvación." Y así iban acercándose a la
puerta.
Es muy de notar que la ciudad estaba colocada sobre una
gran montaña; pero los peregrinos la subían con facilidad, porque los
Resplandecientes les daban el brazo, y además habían dejado tras de sí
en el río sus vestiduras mortales; habían entrado en él con ellas, pero
salieron sin ellas; por eso subían con tanta agilidad y prisa, aunque
los cimientos sobre los cuales está fundada la ciudad están más altos
que las nubes. ¡Con cuánto placer pasaban las regiones de la atmósfera,
hablando entre sí dulcemente, y consolados porque habían pasado con
seguridad el río y tenían a su servicio tan gloriosos compañeros!
¡Qué agradable les era también la conversación que con
Resplandecientes tenían! —Allí—les decían éstos— una gloria y hermosura
inefables; allí está el monte Sión, Jerusalén celestial, la compañía de
muchos millares de ángeles y los Espíritus de los justos ya perfectos.
Ya estáis cerca del Paraíso de Dios, en el cual veréis el árbol de vida
y comeréis de su fruta inmarcesible. A la entrada recibiréis vestiduras
blancas, y vuestro trato y conversación serán siempre con el Rey hasta
todos los días de la eternidad. Allí no volveréis a ver ya más las cosas
que veíais y sentíais en la región inferior de la tierra, es decir,
dolor, enfermedad, aflicción y muerte, porque todo eso ha pasado ya.
Vais a juntaros con Abraham, Isaac y Jacob y los profetas, hombres a
quienes Dios ha librado del mal venidero, y que ahora descansan en sus
lechos por haber andado en su justicia. Vais a recibir allí consuelo por
todos vuestros trabajos, y gozo por toda vuestra tristeza; recogeréis lo
que sembrasteis en el camino, a saber: el fruto de todas vuestras
oraciones y lágrimas y sufrimientos por el Rey.
Ceñiréis a vuestras sienes coronas de oro, y gozaréis la
visión perpetua y la presencia del Santo, porque allí le veréis como El
es. Serviréis continuamente con alabanza, con voces de júbilo y con
acciones de gracias a Aquel a quien deseabais servir en el mundo, aunque
con mucha dificultad, a causa de la debilidad de vuestra carne. Vuestros
ojos serán regocijados con fe vista y vuestros oídos con la dulce voz
del Altísimo. Recobraréis de nuevo la compañía de los amigos que os han
precedido y recibiréis con gozo a todos aquellos que os siguen al lugar
santo. Se os darán vestidos de gloria y majestad, y cuando el Rey de la
gloria venga en las nubes al son de trompeta como sobre las alas del
viento, vendréis vosotros con El; y cuando se siente sobre el trono de
juicio, os sentaréis a su lado; y cuando pronuncie sentencia sobre los
obradores de iniquidad, sean ángeles u hombres, tendréis también voz en
ese juicio, porque fueron sus enemigos y los vuestros; y cuando vuelva a
la ciudad, volveréis con El a son de trompeta y estaréis con El para
siempre.
Cuando se iban acercando a la puerta, he aquí que una
multitud de las huestes celestiales salieron a su encuentro,
preguntando: — ¿Quiénes son éstos y de dónde han venido.
—Estos son—dijeron los Resplandecientes—, éstos son
hombres que han amado a nuestro Señor cuando estaban en el mundo y que
lo han dejado todo por su santo nombre; El nos ha enviado para traerlos
aquí, y los hemos acompañado hasta este punto en su deseado viaje, para
que entren y contemplen a su Redentor cara a cara con gran gozo—.
Entonces las huestes celestiales dieron un grito de júbilo, y dijeron:
—Bienaventurados los que son llamados a la cena del Cordero. Al oír esto
los músicos del Rey rompieron con sus instrumentos en dulces melodías,
que hacían resonar a los mismos cielos, y con voces y ademanes de
júbilo, cantando y tocando sus trompetas, saludaban una y mil veces a
los que venían del mundo. Unos se pusieron a la derecha, otros a la
izquierda, delante y detrás, como para acompañarlos y escoltarlos por
las regiones superiores, llenando los espacios con sonidos melodiosos en
tonos altos, de manera que parecía que el mismo cielo había salido para
recibirlos.
Era la marcha triunfal más hermosa que se pudo ver jamás.
Todo indicaba a Cristiano y a su compañero cuan bien
venidos eran a la ciudad, y con cuánta alegría se les recibía en ella.
Ya la tenían a su vista, ya oían el alegre y bullicioso clamoreo de
todas las campanas que les daban la venida. ¡Oh, qué pensamientos tan
arrebatadores y alegres tenían al mirar el gozo de la ciudad, la
compañía que iban a tener, y eso para siempre! ¿Qué lengua o pluma serán
poderosas para expresarlo?
Ya llegaron a las puertas de la Ciudad, encima de la cual
vieron grabadas con letras de oro las siguientes palabras:
BIENAVENTURADOS LOS QUE GUARDAN SUS MANDAMIENTOS, PARA
QUE SU PODER SEA EN EL ÁRBOL DE LA VIDA Y ENTREN POR LAS PUERTAS DE LA
CIUDAD.
Llamaron fuertemente a ellas, y muy pronto aparecieron
por encima los rostros de los que moraban dentro...
Enoch, Moisés, Elías..., que preguntaron quién llamaba, y
oyeron esta respuesta: "Estos peregrinos han venido de la ciudad de
Destrucción por el amor que tienen al Rey de este lugar." Entonces los
peregrinos entregaron cada uno el rollo que habían recibido al
principio, los cuales, llevados al Rey y leídos por éste, y habiéndosele
dicho que los dueños de ellos estaban a la puerta, mandó que se les
abriese para que "entrase la gente justa guardadora de verdades". Los vi
entonces entrar por la puerta y que cuando hubieron entrado fueron
transfigurados y recibieron vestiduras que resplandecían como el oro, y
arpas y coronas que les fueron entregadas, para que con las primeras
alabasen, y les sirviesen las segundas como señales de honor; oí también
que todas las campanas de la ciudad se echaron a vuelo otra vez, en
señal de regocijo, al mismo tiempo que los ministros del Rey decían a
los peregrinos: "Entrad en el gozo de vuestro Señor". Con cuan efusión y
gozo respondieron éstos: "Al que está sentado en el trono y al Cordero
sea la bendición y la honra, y la gloria y el poder para siempre jamás".
Aprovechando yo entonces el momento en que se abrieron
las puertas para dejarles pasar, miré hacia dentro tras ellos, y he
aquí, la ciudad brillaba como el sol; las calles estaban empedradas de
oro, y en ellas se paseaba muchedumbre de hombres que tenían en su
cabeza coronas, y en su mano palmas y arpas de oro con que cantar las
alabanzas.
Vi también a unos que tenían alas y que, sin cesar nunca,
estaban cantando: "Santo, santo, santo es el Señor"; y volvieron a
cerrar las puertas, y yo, con mucho sentimiento, me quedé fuera, cuando
mis ansias eran entrar para gozar de las cosas que había visto.
¡Lástima es que mi sueño no terminase aquí con tan dulces
impresiones! Cuando se cerraron las puertas de la Ciudad miré atrás y vi
a Ignorancia que llegaba a la orilla del río; lo pasó pronto y sin la
mitad de la dificultad que encontraron los otros dos. Porque aconteció
que había entonces allí un tal Vana-Esperanza, barquero, que le ayudó
pasar en su barca. Subió también la montaña para llegar a la puerta;
pero nadie había allí que le ayudase o le hablase una palabra de
consuelo y estímulo. Cuando llegó a la puerta, miró al letrero que
estaba encima de ella. Empezó a llamar, suponiendo que se le daría
inmediata entrada; pero los que se asomaron por encima de la puerta
preguntaron de dónde venía y qué era lo que quería. El contestó: "He
comido y bebido en la presencia del Rey, ha enseñado en nuestras
calles." Entonces le pidieron su rollo para entrarlo y mostrarlo al Rey.
Pero habiendo registrado su seno no lo halló; no tenía ninguno. Dijéronle entonces: "¿No tienes ninguno?" Pero el hombre no les contestó
palabra. Comunicado esto al Rey, mando a los dos Resplandecientes que,
atado de pies y manos, lo arrojasen fuera, y vi que lo llevaron por el
aire a la puerta que había visto a la falda del collado y allí lo
precipitaron.
Esto me sorprendió; pero me fue de importante enseñanza,
pues aprendí que hay camino para el infierno desde la misma puerta del
cielo, lo mismo que desde la ciudad de Destrucción.
En esto me desperté, y vi que todo había sido un sueño.