CAPITULO II
Prosigue Cristiano su peregrinación, viéndose abandonado por Obstinado y
Flexible.
Cristiano echó a correr en la dirección que se le había
marcado; mas no se había alejado aún mucho de su casa cuando, se dieron
cuenta su mujer e hijos, empezaron a dar voces tras él, rogándole que
volviese. Cristiano, sin detenerse y tapando sus oídos, gritaba
desaforadamente: — ¡ Vida!, ¡vida!, ¡vida eterna! — Y sin volver la
vista atrás, siguió corriendo hacia la llanura.
A las voces acudieron también los vecinos. Unos se
burlaban de verle correr; otros le amenazaban, y muchos le daban voces
para que volviese. Dos de ellos, Obstinado y Flexible, pretendieron
alcanzarle para obligarle a retroceder, y aunque era ya mucha la
distancia que los separaba, no pararon hasta que le dieron alcance. —
Vecinos míos— les dijo el fugitivo—, ¿a qué habéis venido? —A
persuadirte a volver con nosotros— dijeron. —Imposible —contestó él— la
ciudad donde viven y donde yo también he nacido, es la Ciudad de
Destrucción; me consta que es así, y los que en ella moran, más tarde o
más temprano, se hundirán más bajo que el sepulcro, en un lugar que arde
con fuego y azufre. Es, pues, vecinos, ánimo y vengan conmigo.
OBSTINADO. — Pero, ¿y hemos de dejar nuestros amigos y
todas nuestras comodidades?
CRIST. — Sí, porque todo lo que tengan que abandonar es
nada al lado de lo que yo busco gozar. Si me acompañan, también ustedes
gozarán conmigo, porque allí hay cabida para todos. Vamos, pues, y por
ustedes mismos infórmense de la verdad de cuanto les digo.
OBST. — ¿Pues qué cosas son esas que tú buscas, por las
cuales lo dejas todo?
CRIST. — Busco una herencia incorruptible, que no puede
contaminarse ni marchitarse, reservada con seguridad en el cielo, para
ser dada a su tiempo a los que la buscan con diligencia. Esto dice mi
libro, léanlo si gustan, y se convencerán de la verdad.
OBST. — Necedades. Déjanos de tal libro. ¿Quieres o no
volver con nosotros?
CRIST. — ¡Oh!, nunca, nunca. He puesto ya mi mano al
arado.
OBST. — Vámonos, pues, vecino Flexible, y abandonémosle.
Hay una clase de entes, tontos como éste, que cuando se les mete una
cosa en la cabeza, se creen más sabios que los siete famosos de Grecia.
FLEX. — Nada de insultos, amigo. ¿Quién sabe si será
verdad lo que Cristiano dice? Y entonces vale mucho más lo que él busca
que todo lo que nosotros poseemos; me voy inclinando a seguirle.
OBST. — ¡Cómo! ¿Más necios aún? No seas loco, y vuelve
conmigo. ¡Sabe Dios adonde te llevará ese mentecato! Vámonos, no seas
tonto.
CRIST. — No hagas caso, amigo Flexible; acompáñame, y
tendrás no sólo cuanto te he dicho, sino muchas cosas más. Si a mí no me
crees, lee este libro, que está sellado con la sangre del que lo
compuso.
FLEX. — Amigo Obstinado, estoy decidido; voy a seguir a
este hombre y unir mi suerte con la suya. Pero (dirigiéndose a
Cristiano), ¿sabes tú el camino que nos ha de llevar al lugar que
deseamos?
CRIST. — Me ha dado la dirección un hombre llamado
"Evangelista"; debemos ir en busca de la puerta angosta que está más
adelante, y en ella se nos darán informes sobre nuestro camino.
FLEX. — Adelante, pues; marchemos.
Y emprendieron juntos la marcha. Obstinado se volvió solo
a la ciudad, lamentándose del fanatismo de sus dos vecinos. Estos
continuaron su camino, hablando amistosamente de la necia terquedad de
Obstinado, que no había podido sentir el poder y terrores de lo
invisible, y la grandeza de las cosas que esperaban: —Las concibo—decía
Cristiano—; pero no hallo palabras bastantes para explicarlas. Abramos
el libro y leámoslas en él.
FLEX. — Pero, ¿y tienes convencimiento de que sea verdad
lo que el libro dice?
CRIST. — Sí, porque lo ha compuesto Aquel que ni puede
engañarse ni engañarnos.
FLEX. — Léeme, pues.
CRIST. — Se nos dará la posesión de un reino que no
tendrá fin, y se nos dotará de vida eterna para que podamos poseerle
para siempre. Se nos darán coronas de gloria y unas vestiduras
resplandecientes como el sol en el firmamento. Allí no habrá llanto ni
dolor, porque e1 Señor del reino limpiará toda lágrima de nuestros ojos.
FLEX. — ¡Qué bello y magnífico es esto! ¿Y cuál será allí
nuestra compañía?
CRIST. — Estaremos con los serafines y querubines,
criaturas cuyo brillo nos deslumbrará: encontraremos también allí a
millares que nos han precedido, todos inocentes, amables y santos, que
andan con aceptación en la presencia de Dios para siempre. Allí veremos
los ancianos con sus coronas de oro, vírgenes y santos cantando
dulcemente con sus arpas de oro, tantos hombres a quienes el mundo
descuartizó, que fueron abrasados en las hogueras, despedazados por las
bestias feroces, arrojados a las aguas, y todo por amor al Señor de ese
reino, todos felices vestidos todos de inmortalidad.
FLEX. — La simple relación de esto arrebata de entusiasmo
mi alma. ¿Pero es verdad que hemos de gozar de todas estas cosas? ¿Y qué
hemos de hacer para conseguirlo?
CRIST. — El Señor del reino lo ha consignado en este
libro, y, en suma, es lo siguiente: "Si verdaderamente lo deseamos, El
no los concederá de balde."
FLEX. — Bien, buen amigo. Mi corazón salta de alegría;
sigamos adelante, y apresuremos nuestra llegada.
CRIST. — ¡Ay de mí! No puedo ir tan de prisa como
quisiera, porque esta carga me abruma.
En tal conversación iban agradablemente entretenidos
cuando los vi llegar a la orilla de un cenagoso pantano que había en la
mitad de la llanura, y descuidados se precipitaron en él. Se llamaba el
Pantano del Desaliento. ¡Pobres! Los vi revolcarse en su fango,
llenándose de inmundicia, y cristiano, por su parte, hundiéndose en el
cieno a causa e su pesada carga. —¿Dónde nos hemos metido? — exclamó
Flexible. —No lo sé —respondió Cristiano. — ¿Es ésta —repuso aquél muy
enfadado— la dicha que hace poco ha tú me ponderabas tanto? Si tan mal
lo pasamos al principio de nuestro viaje, ¿qué no podemos esperar antes
de concluirlo? Salga yo bien de ésta, y podrás tú gozar sólo la plena
posesión del país tan magnífico.
Hizo después un supremo esfuerzo, y de dos o tres saltos
se puso en la orilla que estaba más inmediata a su casa. Se marchó, y
Cristiano no le volvió a ver ya más. Este, por su parte, seguía
revolcándose en el fango, cayendo unas veces y levantándose, y volviendo
a caer; pero siempre adelantando algo en la dirección contraria a la de
su casa, aproximándose a la de la puerta angosta; pero la pesada carga
que llevaba sobre sí le impedía mucho, hasta que llegó una persona,
llamada Auxilio, quien dirigiéndose a él, le dijo:
AUXILIO. — Desgraciado, ¿cómo has venido a parar aquí?
CRIST. — Señor, un hombre, llamado Evangelista, me señaló
esta dirección, y me añadió que por esa puerta angosta yo me vería libre
de la ira venidera. Seguí su consejo, y he venido adonde me ves.
AUXILIO. — Sí; pero ¿por qué no buscaste las, piedras
colocadas para pasarlo?
CRIST. — Era tanto el miedo que de mí se apoderó que, sin
reparar en nada, eché por el camino más corto, y caí en este lodazal.
AUXILIO. — Vamos, dame la mano. Cristiano vio los cielos
abiertos; se asió de la mano de Auxilio, salió de su mal paso, y ya en
terreno firme, prosiguió su camino, como su libertador le había dicho.
Entonces yo me acerqué a Auxilio y le pregunté: — ¿Por
qué siendo éste el camino directo entre la ciudad de Destrucción y esa
portezuela, no se manda componer este sitio en bien de los pobres
viajeros? —Es imposible —me respondió—: es el lodazal adonde afluyen
todas las heces e inmundicias que siguen a la convicción de pecado; por
eso se llama el Pantano del Desaliento. Cuando el pecador se despierta
al conocimiento de sus culpas y de su estado de perdición, se levantan
en su alma dudas, temores, aprensiones desconsoladoras, que se juntan y
se estancan en este lugar. ¿Comprendes ya por qué es tan malo e incapaz
de composición?
No era seguramente la voluntad del Rey que quedase tan
malo; sus obreros han estado por espacio de muchos siglos, y bajo la
dirección de los ingenieros de S. M., haciendo cuanto estaba en su poder
para componerlo. ¡Cuántos miles de carros y cuantos millones de
enseñanzas saludables se han hecho venir aquí de todas partes y dominios
de S. M.! Y a pesar de que los inteligentes dicen que estos son los
mejores materiales para componerlo, ni se ha podido lograr hasta hoy, ni
se logrará en adelante. El Pantano subsiste y subsistirá.
Lo único que se ha podido hacer, está hecho. Se han
colocado en medio de él, por orden del Legislador, unas piedras buenas,
sólidas, por donde se podría pasar; pero cuando el lodazal se agita, y
esto sucede siempre que hay variación de tiempo, despide unos miasmas
que exhalan a los pasajeros, y éstos no ven las piedras y caen en el
fango. Por fortuna, cuando logran llegar a la puerta, ya tienen terreno
sólido y bueno.
Después de esto vi que, habiendo llegado Flexible a su
casa, sus vecinos fueron en tropel a visitarle. Unos alababan su
prudencia, porque se había retirado a tiempo de la empresa; otros le
censuraban, porque se había dejado engañar de Cristiano, y algunos le
calificaban de cobarde, porque, puesto una vez su pie en el camino,
algunas pequeñas dificultades no debieran haber sido bastante para
hacerle retroceder. Flexible se sintió abatido y avergonzado; pero se
repuso muy pronto, y entonces todos a coro se burlaban de Cristiano en
su ausencia. Con esto ya no pienso volver a ocuparme más de Flexible.
CAPITULO IV
Después de algún tiempo Cristiano llegó a la puerta,
sobre la cual estaba escrito: "Llamad y se os abrirá". Llamó, pues,
varias veces diciendo:
—¿Se me permitirá entrar? ¡Abrid a un miserable pecador,
aunque he sido un rebelde y soy indigno! ¡Abrid y no dejaré de cantar
sus eternas alabanzas en las alturas!
AI fin vino a la puerta una persona seria, llamada Buena
Voluntad, le preguntó:
—¿Quién está allí? ¿de dónde viene? ¿qué quiere?
CRIS. — Soy un pecador abrumado. Vengo de la Ciudad de
Destrucción, mas voy al monte de Sión para ser librado de la ira
venidera; y teniendo noticia de que el camino pasa por esta puerta,
quisiera saber si me permitirán entrar.
BUENA VOLUNTAD. — Con mucho gusto.
Diciendo esto, le abrió la puerta y cuando Cristiano
estaba entrando Buena Voluntad le dio un tirón hacia sí. Entonces
preguntó Cristiano:
— ¿Qué significa esto?
El otro le contestó:
—A poca distancia de esa puerta hay un castillo fuerte
del cual Belcebú es el capitán: él y los suyos tiran de flechazos a los
que llegan a esta puerta, para ver si por casualidad pueden matarlos
antes de que estén dentro.
Entonces dijo Cristiano:
—Me alegro y tiemblo a la vez.
Tan luego que estuvo dentro, el hombre le preguntó quién
lo había dirigido allí.
CRIS. — Evangelista me mandó venir aquí, y llamar, como
hice: y me dijo que usted me diría lo que debía yo hacer.
BUENA VOL. — Una puerta abierta está delante de ti, y
nadie la puede cerrar.
CRIS. — ¡Qué ventura! Ahora empiezo a recoger el fruto de
mis peligros.
BUENA VOL. — Pero, ¿cómo es que viniste solo?
CRIS. — Porque ninguno de mis vecinos vio su peligro como
yo vi el mío.
BUENA VOL. — ¿Ninguno de ellos supo de tu venida?
CRIS. — Sí, señor; mi mujer y mis hijos fueron los
primeros que me vieron salir, y me gritaron para que volviese. También
varios de mis vecinos hicieron lo mismo, pero me tapé los oídos y seguí
mi camino.
BUENA VOL. — Y ¿ninguno de ellos te siguió para
persuadirte?
CRIS. — Sí, señor; Obstinado y Flexible; mas cuando
vieron que no podían lograrlo, Obstinado se volvió enojado; pero
Flexible vino conmigo un poco más en el camino.
BUENA VOL. — ¿Pero por qué no siguió hasta aquí?
CRIS. — Vinimos juntos hasta llegar al Pantano de la
Desconfianza en el que ambos caímos de repente. Entonces mi vecino
Flexible se desanimó, y no quiso pasar delante. Saliendo pues del
pantano por el lado más próximo a su casa, me dijo que me dejaba poseer
solo el dichoso país: así se fue él por su camino y yo me vine por el
mío: él siguió a Obstinado y yo seguir hacia esta puerta.
BUENA VOL. — ¡Ah pobre hombre! ¿Es la gloria celestial de
tan poca estima para él, que no la considera digna de correr unas pocas
dificultades para obtenerla?
CRIS. — Ciertamente le he dicho a usted la verdad con
respecto a Flexible, pero si dijese yo también la verdad con respecto a
mi, poca diferencia vería usted entre los dos. Flexible, es verdad,
volvió a su casa, pero yo dejé el camino bueno para irme en el de la
muerte, porque así me persuadió un tal señor Sabio-según-el-mundo, con
sus argumentos carnales.
BUENA VOL. — Conque, ¿te encontraste con él? Y quería
hacerte buscar alivio de las manos del señor Legalidad sin duda. Ambos
son embusteros. Pero ¿seguiste su consejo?
CRIS. — Sí, hasta donde tuve valor, fui en busca del
señor Legalidad. Cuando estuve cerca de su casa creí que se me venía
encima el cerro que estaba allí: y esto me hizo parar.
BUENA VOL. — Aquel monte ha causado la muerte de muchos,
y causará todavía la muerte de muchos más. Bien, escapaste de ser
aplastado.
CRIS. — Por cierto no sé lo que hubiera sido de mí en mi
perplejidad si Evangelista por fortuna no me hubiera encontrado otra
vez, pero por la misericordia de Dios él llegó a mí, de otra manera no
hubiera llegado acá. Mas he venido tal como soy, que merezco más ser
aplastado por aquel cerro, que estar hablando con mi Señor. ¡Oh! ¡Cuan
grande es la no merecida honra de ser admitido aquí!
BUENA VOL. — Aquí no se ponen dificultades a nadie,
quienquiera que haya sido; ninguno es echado fuera. Por tanto, buen
Cristiano, ven conmigo un poco y te enseñaré el camino que debes seguir.
Mira adelante: ¿Ves ese camino angosto? Pues por ese camino has de ir.
Fue compuesto por los patriarcas, profetas, Cristo y sus apóstoles; y es
tan recto como una regla. Este es el camino que tienes que seguir.
CRIS. — ¿No hay vueltas o rodeos que le hagan a un
forastero perder la dirección del camino?
BUENA VOL. — Sí, hay muchos caminos que cruzan con éste,
y son tortuosos y anchos: más en una cosa puedes distinguir el bueno del
malo, porque el bueno es el único recto y angosto.
Entonces vi en mi sueño, que Cristiano le preguntó si no
podía aliviarlo de su carga; porque todavía llevaba ese peso, y no podía
de ninguna manera quitárselo.
Buena Voluntad le contestó:
—Con respecto a, tu carga, debes conformarte a llevarla
hasta que llegues al lugar de alivio; pues se caerá de tus hombros por
sí misma.
Cristiano ahora ciñó sus lomos y se preparó para el
camino. El otro le dijo que a poca distancia de la puerta, llegaría a la
casa del Intérprete y que allí debía llamar para que le enseñaran cosas
notables y buenas. Con esto Cristiano se despidió de su amigo el cual le
deseó buen viaje y la compañía del Señor.
CAPITULO V
Cristiano siguió su camino hasta que llegó a la casa del
Intérprete, donde llamó varias veces. Al fin alguien acudió al
llamamiento y le preguntó quién era.
CRIS. — Soy un viajero enviado acá por un conocido del
buen dueño de la casa.
Llamaron, pues, al señor de la casa, el cual en poco
tiempo vino a Cristiano, y le preguntó qué cosa quería.
CRIS. — Señor he venido de la Ciudad de Destrucción, y
voy caminando al Monte de Sión. El hombre que está de portero a la
puerta que da entrada a este camino, me dijo que si pasaba yo por aquí,
usted me enseñaría cosas buenas y provechosas para mi viaje.
INTERPRETE. — Pasa adentro; y te mostraré lo que te será
de provecho.
Mandó a su mozo encender una luz e invité a Cristiano a
que le siguiese. Conduciéndole a un cuarto privado, el Intérprete mandó
al criado que abriese la puerta, lo cual hecho, Cristiano vio colgado en
la pared un cuadro que representaba una persona venerable, con los ojos
levantados al cielo, el mejor de los libros en sus manos, la ley de la
verdad escrita en sus labios, y la espalda vuelta al mundo. Se hallaba
de pie, en el ademán de razonar con los hombres, y una corona de oro se
veía en su cabeza.
CRIS. — ¿Qué significa esto?
ÍNTER. — El hombre representado en esta pintura es uno
entre mil. Uno que puede decir en las palabras del apóstol: "Aunque
tengáis diez mil ayos en Cristo, no tenéis muchos padres; porque en
Cristo Jesús yo os engendré por el Evangelio". Y como lo ve» con los
ojos mirando al cielo, el mejor de los libros en sus manos, y la ley de
la verdad escrita en sus labios, es para enseñarle que su misión es
saber y explicar las cosas profundas a los pecadores: está en pie como
para suplicar a los hombres. El tener la espada vuelta al mundo y una
corona en la cabeza, es para hacerte entender que con despreciar y hacer
poco caso de las cosas presentes, por amor al servicio de su Señor
tendrá la corona como premio en el mundo venidero.
Te he enseñado este cuadro primero —añadió el
Intérprete—, porque el hombre en él representado, es el único autorizado
por el Señor del lugar que buscas, para que sea tu guía en todos los
lugares difíciles que has de encontrar: por lo tanto pon cuidado a lo
que has visto, no sea que en el camino te encuentres con alguno que con
pretexto de dirigirte bien, te encamine a la muerte.
En seguida el intérprete tomó a Cristiano de la mano y lo
condujo a una sala grande, llena de polvo, porque nunca había sido
barrida. Después de que la hubieron examinado un poco de tiempo el
intérprete mandó a uno que la barriese. Luego que comenzó a barrer, el
polvo se levantó en nubes tan densas que Cristiano estuvo a punto de
sofocarse. Entonces el intérprete llamó a una criada que estaba cerca:
—Trae agua y rocía la sala.
Hecho esto ya fue barrido sin dificultad.
CRIS. — ¿Qué significa esto?
ÍNTER. — Esta sala es como el corazón del hombre que
nunca fue santificado por la dulce gracia del Evangelio. El polvo es su
pecado original y su corrupción interior que ha contaminado todo el
hombre. El que comenzó a barrer al principio es la ley; pero aquella que
trajo el agua y roció la sala, es el Evangelio. —Y como viste que tan
pronto como el primero comenzó a barrer, el polvo se levantó de tal
manera que era imposible limpiar la sala y estuviste a punto de.
sofocarte; esto es para enseñarte que la Ley en lugar, de limpiar el
corazón de pecado, lo hace revivir, le da más fuerza y lo aumenta en el
alma, por la razón de que la Ley descubre el pecado y lo prohíbe sin
poder vencerlo. Y como viste que la moza roció la sala con agua y así se
facilitó el barrerla; es para demostrarte que cuando el Evangelio entre
en el corazón con sus influencias tan dulces y preciosas, el pecado es
vencido y subyugado, y el alma queda limpia por la fe, por tanto, apta
para que habite en ella el Rey de Gloria.
Vi también en mi sueño que el Intérprete tomó a Cristiano
de la mano, y le condujo a un pequeño cuarto donde estaban dos niños,
sentados cada uno en su silla. El nombre de uno era Pasión, y el del
otro Paciencia. Pasión parecía estar muy descontento, mas Paciencia
estaba muy tranquilo. Entonces preguntó Cristiano:
— ¿Por qué está descontento Pasión?
El Intérprete contestó diciendo:
—El ayo quiere que Pasión espere hasta el principio del
año venidero para recibir sus mejores cosas; mas Pasión todo lo quiere
al momento. Paciencia al contrario, está resignado a esperar.
Luego vi que vino un hombre a Pasión y le trajo un saco
de tesoros y lo vació a sus pies, y el niño los recogió con gusto y se
divirtió con ellos, haciendo burla al propio tiempo de Paciencia. Más vi
que en poco tiempo todo lo había desperdiciado y no le quedaron más que
andrajos.
CRIS. — Explíqueme usted, señor Intérprete, el
significado de esto.
ÍNTER. — Estos dos muchachos son figuras: Pasión, de los
hombres de este mundo, y Paciencia de los del venidero; porque como has
visto que Pasión todo lo quiere en este mismo año, es decir, en este
mundo, así son los hombres mundanales; quieren gozar de todas sus cosas
buenas en esta vida y no pueden esperar hasta la vida venidera. Aquel
dicho: "un pájaro en la mano vale más que cien volando", les es de más
autoridad que todo el testimonio Divino sobre los bienes del mundo
venidero. Mas como viste que él pronto malgastó todo, y nada le quedó
sino andrajos, lo mismo sucederá con tales hombres en el fin de este
mundo.
CRIS — Veo que Paciencia tiene la mejor sabiduría, y eso
por dos razones: primero, porque espera para recibir sus cosas buenas; y
segundo, porque él recibirá sus tesoros cuando el otro no tendrá más que
andrajos, por haber malgastado lo que tenía.
ÍNTER. — Y bien puedes agregar otra razón, a saber, la
gloria del mundo venidero nunca se acabará; mientras que los bienes de
este mundo se desvanecerán pronto. Por lo tanto Pasión, aunque recibió
sus buenas —cosas desde luego, tenía menos razón de reírse que
Paciencia, puesto que este recibirá sus tesoros al fin. Así el primero
tiene que ceder paso a lo que viene después, cuando llegue la hora; mas
lo que es último no cede paso a nada; porque nada hay que le siga. Por
esta razón el que recibe su parte al último de todos, lo tendrá para
siempre. El que tiene su porción al presente, con el tiempo la va
gastando hasta que no le queda nada; el que tiene al fin, la tendrá para
siempre, porque no habrá más tiempo que se la gaste. Así se dijo al rico
avariento: "Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y
Lázaro también males; mas ahora él es consolado aquí y tú atormentado."
CRIST. — Según esto no es lo mejor afanarse por las cosas
presentes, sino poner la esperanza en las venideras.
INTÉRP. — Esa es la verdad: "Las cosas que se ven son
temporales; mas las que no se ven son eternas". Pero sucede,
desgraciadamente, que teniendo tanta conexión entre sí las cosas
presentes y nuestros apetitos carnales, se hacen muy pronto amigos; lo
cual no pasa con las cosas venideras, que están a tanta distancia del
sentido de la carne.
Después de esto, tomando Intérprete de la mano a
Cristiano, lo introdujo en un lugar donde había fuego encendido junto a
la pared, y uno echando agua sin cesar con intento de apagarle; mas el
fuego continuaba cada vez más vivo y con mayor intensidad. Sorprendido
de esto nuestro hombre, preguntó su significado, y entonces Intérprete
respondió: —Ese fuego representa la obra de la gracia en el corazón, y
ese que ves echando agua es Satanás; pero su intento es vano. Ven
conmigo y comprenderás por qué en lugar de extinguirse el fuego se hace
cada vez más vivo. ¿Ves esa otra persona? Continuamente está echando
aceite en el fuego, aunque secretamente, y de esa manera le da cada vez
más cuerpo. Esa persona es Cristo, que con el óleo de su gracia mantiene
la obra comenzada en el corazón, a pesar de los esfuerzos del Demonio. Y
el estar detrás de la pared te enseña que es difícil para los tentados
ver cómo esta obra de la gracia se mantiene en el alma.
En seguida llevó a Cristiano a un sitio muy delicioso,
donde había un soberbio y bellísimo palacio, en cuya azotea había
algunas personas vestidas de oro y a cuya puerta vio una gran
muchedumbre de hombres, muy deseosos, al parecer, de entrar; pero que no
se atrevían. Vio también a poca distancia de la puerta un hombre sentado
a una mesa, con un libro y recado de escribir, y tenía el encargo de ir
apuntando los nombres de los que entraban. Además vio en el portal
muchos hombres armados para guardar la entrada, resueltos a hacer todo
el daño posible a los que intentasen entrar. Mucho sorprendió esto a
Cristiano; pero su asombro subió de punto al observar que mientras todos
retrocedían, por miedo a los hombres armados, uno que llevaba retratada
en su semblante la intrepidez se acercó al que estaba sentado a la mesa,
diciéndole: "Apunte usted mi nombre", y luego desenvainando su espada y
con la cabeza resguardada por un yelmo acometió por medio de los que
estaban puestos en armas, y a pesar de la furia infernal con que se
lanzaron sobre él, empezó a repartir denodadamente tajos y golpes. Su
intrepidez fue tal que, aunque herido y habiendo derribado a muchos que
se esforzaban desesperadamente por detenerle, se abrió paso y penetró en
e! palacio, a tiempo que los que habían presentado la lucha desde la
azotea, le vitoreaban, diciéndole: "Entrad, entrad y lograréis la gloria
eterna." Después de lo cual le recibieron gozosos en su compañía y le
vistieron con vestiduras resplandecientes, semejantes a las suyas.
—Todo esto lo comprendo—dijo entonces Cristiano
sonriéndose—: dame ahora permiso para continuar mi camino.
—No —le respondió Intérprete—; aún tengo que mostrarte
algunas cosas.—Y tomándole de la mano le llevó a un cuarto oscuro, donde
había un hombre encerrado en tina jaula de hierro.
Su
semblante revelaba profunda tristeza; sus ojos estaban fijos en la
tierra; sus manos cruzadas, al mismo tiempo que profundos suspiros y
gemidos indicaban la tortura de su corazón.
— ¿Qué es esto?—dijo asombrado Cristiano.
— Pegúntaselo a él mismo —le respondió Intérprete.
CRIST. — ¿Quién eres tú?
ENJAULADO. — ¡Ah! En otro tiempo hice profesión de
cristiano, y prosperaba y florecía a mis propios ojos y a los ojos de
los demás. Me creía destinado a la Ciudad Celestial, y esta idea me
llenaba de grande regocijo. Pero ahora soy una criatura de
desesperación; encerrado en esta jaula de hierro, no puedo salir, ¡ay de
mí!, no puedo salir.
CRIST. — Pero ¿cómo has llegado a este estado tan
miserable?
ENJ. — Dejé de velar y de ser sobrio, solté la rienda a
mis pasiones, pequé contra lo que clara y expresamente manda la palabra
y bondad del Señor; entristecí al Espíritu Santo, y éste se ha retirado;
tenté al Diablo, y vino a mí; provoqué la ira de Dios, y el Señor me ha
abandonado; mi corazón se ha endurecido de tal manera, que ya no puedo
arrepentirme.
CRIST. — ¿Pero no hay remedio ni esperanza para ti?
¿Habrás de estar encerrado siempre en esa férrea jaula de desesperación?
¿No es infinitamente misericordioso el Hijo bendito del Señor?
ENJ. — He perdido toda esperanza. He crucificado de nuevo
en mí mismo al Hijo de Dios, he aborrecido su persona, he despreciado su
justicia, he profanado su sangre, he ultrajado al Espíritu de gracia; he
aquí por qué me considero destituido de toda esperanza, y no me restan
sino las amenazas terribles de un juicio cierto y seguro, y la
perspectiva de un fuego abrasador, de cuyas llamas he de ser pasto. A
este estado me han traído mis pasiones, los placeres e intereses
mundanos, en cuyo goce me prometí en otro tiempo muchos deleites, pero
que ahora me atormentan y me corroen como un gusano de fuego.
INTÉRP. — Pero, ¿no puedes aún al presente volverte a
Dios y arrepentirte?
ENJ. — Dios me ha negado el arrepentimiento; en su
palabra no encuentro ya estímulo para creer; es el mismo Dios el que me
ha encerrado en esta jaula, y todos los hombres del mundo juntos no me
podrán sacar de ella. ¡Oh, eternidad, eternidad! ¿Cómo podré yo luchar
con la miseria que me espera en la eternidad?
INTÉRP. — Cristiano, nunca eches en olvido la miseria de
este hombre; que te sirva siempre de escarmiento y de aviso.
CRIST. — ¡Terrible es esto! Concédame el Señor su auxilio
para velar y ser sobrio, y pedirle que no permita el que yo llegue algún
día a ser presa de tamaña miseria. Pero, Señor, ¿no le parece a usted
que ya es tiempo de que yo me marche?
INTÉRP. — Aún no. Tengo una cosa más que mostrarte.
Y tomándole de la mano lo pasó a una habitación, donde se
veía a uno, en el acto de levantarse de la cama, y que, según se iba
vistiendo, se estremecía y temblaba. Intérprete no quiso explicar por sí
mismo el significado de esto, sino que mandó al que se vestía que la
diese, el cual dijo así:
— Esta noche he soñado que tinieblas espantosas se
difundían por todo el cielo, al mismo tiempo que se sucedían tales y tan
terribles relámpagos y truenos, que me pusieron en la mayor agonía. Vi
también que las nubes chocaban violentamente unas contra otras, agitadas
por un impetuoso huracán. Vi un hombre, sentado en una nube, acompañado
de millares y millares de seres celestiales, todos en llamas de fuego;
los cielos parecía que estaban ardiendo como un horno, y al mismo tiempo
oí la voz de una terrible trompeta, que decía: "Levantaos, muertos, y
venid a juicio"; en el mismo momento vi que las rocas se hendían, se
abrieron los sepulcros y salieron los muertos en ellos encerrados, unos
levantando muy contentos los ojos al cielo, y otros, avergonzados,
buscando esconderse debajo de las montañas. Entonces vi al hombre de la
nube abriendo el libro y mandando que todos se aproximasen a él; pero a
una respetuosa distancia, cual suele haber entre el juez y los reos que
por él van a ser juzgados, pues de la nube salía fuego que no permitía a
ninguno acercarse a ella. En seguida oí al hombre de la nube que
intimaba a sus servidores: "Recoged la cizaña, la paja y la hojarasca, y
arrojadlo todo al lago ardiendo". Y en el mismo instante, precisamente
cerca de donde yo me hallaba, se abrió el abismo, de cuya boca salían
con horrible ruido nubes espantosas de humo y carbones encendidos. Luego
volvió a decir: "Allegad mi trigo en el alfolí"; y entonces muchos
fueron arrebatados por las nubes, pero yo quedé donde estaba. En esto yo
buscaba donde esconderme; pero no me era posible, porque los ojos del
hombre de la nube estaban fijos en mí; entonces mis pecados se
amontonaron en mi memoria y mi conciencia me acusaba por todas partes, y
con esto me desperté.
CRIST. — Pero, ¿y por qué tanto temor a la vista de todo
esto?
HOMBRE. — Porque creí que el día del juicio había
llegado, y yo no estaba preparado para él; pero más aún: porque al ver a
los ángeles recoger a muchos, me dejaron a mí, y precisamente a la boca
del abismo; al mismo tiempo mi conciencia me atormentaba, pareciéndome
que el Juez tenía en mí fijos sus ojos y su rostro lleno de indignación.
Entonces dijo Intérprete a Cristiano: — ¿Has considerado
bien todas estas cosas?
CRIST. — Sí, y me infunden temor al par que esperanza.
INTÉRP. — Grábalas, pues, en tu memoria, y sean ellas un
estímulo para que continúes avanzando en el camino que debes seguir.
Marcha ya; el Consolador te acompañe, y sea él siempre el que dirija tus
pasos hacia la ciudad.
Cristiano marchó, y por el camino repetía sin cesar estas
palabras: —Cosas muy grandes y muy provechosas acabo de ver; al par que
terribles, son también para mí de mucho aliento. Quiero pensar siempre
en ellas, que no en balde se me han enseñado. Gracias al buen
Intérprete, que ha sido tan bondadoso conmigo.
CAPITULO VI
Cristiano llega a la Cruz. Se le cae la carga de sus
hombros, es justificado y recibe una investidura y un diploma de
adopción en la familia de Dios.
Después, en mi sueño, vi a Cristiano ir por un camino
resguardado a uno y otro lado por dos murallas llamadas salvación.
Marchaba, sí, con mucha dificultad, por razón de la carga que llevaba en
sus espaldas; pero marchaba apresurado y sin detenerse, 'hasta que lo vi
llegar a una montaña, y en cuya cima había una cruz, y un poco más abajo
un sepulcro. Al llegar a la cruz, instantáneamente la carga se soltó de
sus hombros, y rodando fue a caer en el sepulcro, y ya no la vi más.
¡Cuál no sería entonces la agilidad y el gozo de
Cristiano! "¡Bendito El —le oí exclamar—, que con sus penas me ha dado
descanso, y con su muerte me ha dado vida!" Por algunos instantes se
quedó como extático mirando y adorando, porque le era muy sorprendente
que la vista de la Cruz así hiciese caer su carga; continuó
contemplándola, pues, hasta que su corazón rompió en abundantes
lágrimas. Llorando estaba, cuando tres Seres resplandecientes se
pusieron delante de él, saludándole con la 'Paz". Luego, el primero le
dijo: —Perdonados te son tus pecados. Entonces el segundo le despojó de
sus harapos y le vistió de un nuevo ropaje, y el tercero le puso una
señal en su frente; le entregó un rollo sellado, el cual debía estudiar
en el camino, y entregar a su llegada, a la puerta celestial. Cristiano,
al ver todo esto, dio tres altos de alegría, y continuó cantando:
Vine cargado con la culpa mía
De lejos, sin alivio a mi dolor;
Mas en este lugar, ¡oh, qué alegría!,
Mi solaz y mi dicha comenzó.
Aquí cayó mi carga, y su atadura
En este sitio rota, yo sentí.
¡Bendita cruz! ¡Bendita sepultura!
¡Y más bendito quien murió por mí!