Cuando Esperanza concluyó su razonamiento, que acabamos
de referir, volvió los ojos atrás y vio a Ignorancia que los seguía, y
dijo a Cristiano:
ESPER. — Poca pena se da ese joven por alcanzarnos.
CRIST. — Ya, ya lo creo; no le gusta sin duda nuestra
compañía.
ESPER. — Pues creo que no le hubiera venido mal el
habernos acompañado hasta ahora.
CRIST. — Esta es la verdad; pero apuesto a que él piensa
de muy diferente manera.
ESPER. — Sí, lo creo; sin embargo, esperémosle. (Así
hicieron.)
Luego que ya estuvo con ellos, dijo:
CRIST. — Vamos, hombre; ¿por qué te detuviste tanto?
IGNOR. — Me gusta mucho andar a solas, mucho más que ir
acompañado, a no ser que la compañía sea de grado — Dijo entonces
Cristiano a Esperanza al oído no te dije que no le gustaba nuestra
compañía?"
CRIST. — Pero, vamos, acércate, y empleemos nuestro
tiempo en este lugar solitario con una buena conversación. Di, ¿cómo te
va? ¿Cómo están las relaciones entre tú y tu alma?
IGNOR. — Confío que bien; estoy siempre lleno de
buenos movimientos que vienen a mi mente para consolarme en mi camino.
CRIST. — ¿Qué buenos movimientos son esos?
IGNOR. — Pienso en Dios y en el cielo.
CRIST. — Esto hacen también los demonios y las almas
condenadas.
IGNOR. — Pero yo medito en ellos y los deseo.
CRIST. — Así hacen también muchos que no tienen habilidad
alguna de llegar a ellos jamás; desea y nada alcaza el alma del
perezoso.
IGNOR. — Pero yo pienso en ellos, y lo abandono todo por
ellos.
CRIST. — Mucho lo dudo, porque eso de abandonarlo es cosa
muy difícil. Sí, más difícil de lo que piensan muchos. Pero ¿en qué te
apoyas para pensar que lo has abandonado todo por Dios y el cielo?
IGNOR. — Mi corazón me lo dicta.
CRIST. — Dice el Sabio que "el que confía en su corazón
es necio".
IGNOR. — Eso es cuando el corazón es malo; el mío es
bueno.
CRIST. — ¿Y cómo lo pruebas?
IGNOR. — Me consuelo con las esperanzas del cielo.
CRIST. — Eso bien puede ser un engaño; porque el corazón
de un hombre puede suministrarle consuelo con la esperanza de aquella
misma cosa que no tiene fundamento alguno para esperar.
IGNOR. — Pero mi corazón y mi vida se armonizan
perfectamente, y, por lo mismo, mi esperanza está bien fundada.
CRIST. — ¿Quién te ha dicho que tu corazón y tu vida
están en armonía?
IGNOR. — Me lo dice mi corazón.
CRIST. — Pregunta a mi compañero si soy yo ladrón. ¡Tu
corazón te lo dice! Si la palabra de Dios no da testimonio en este
asunto, otro testimonio es de ningún valor.
IGNOR. — Pero ¿no es bueno el corazón que tiene buenos
pensamientos? ¿Y no es buena la vida que está en armonía con los
mandamientos de Dios?
CRIST. — Sí; es verdad. Es corazón bueno el que tiene
buenos pensamientos, y vida buena la que está en armonía con los
mandamientos de Dios; pero, en verdad, una cosa es tenerlos y otra cosa
es pensar sólo que se tienen.
IGNOR. — Dime, pues, ¿qué entiendes tú por buenos
pensamientos y por conformidad de vida con los mandamientos de Dios?
CRIST. — Hay buenos pensamientos de diversas clases:
unos, acerca de nosotros mismos; otros, acerca de Dios y Cristo, y
otros, acerca de otras cosas.
IGNOR. — ¿Cuáles son los pensamientos buenos acerca de
nosotros mismos?
CRIST. — Los que estén en conformidad con la palabra de
Dios.
IGNOR. — ¿Cuándo están conformes nuestros pensamientos
acerca de nosotros mismos con la palabra de Dios?
CRIST. — Cuando hacemos de nosotros los mismos juicios
que hace la palabra. Me explicaré. Dice la palabra de Dios de los que se
encuentran en un estado natural, que "no hay justo, que no hay quien
haga el bien". Dice también que "todo designio de los pensamientos del
corazón del hombre es, de continuo, solamente el mal"; y añade: "el
instinto del corazón del hombre es malo desde su juventud". Ahora bien;
cuando pensamos de nosotros mismos de esta manera y lo sentimos
verdaderamente, entonces son buenos nuestros pensamientos, porque están
en armonía con la palabra de Dios.
IGNOR. — Nunca creeré que mi corazón es tan malo.
CRIST. — Por lo mismo, nunca has tenido en toda tu vida
un solo buen pensamiento de ti; pero déjame seguir, como la palabra
pronuncia sentencia sobre nuestros corazones, la pronuncia también sobre
nuestros caminos; y cuando nuestros juicios acerca de nuestros corazones
y nuestros caminos concuerdan con el juicio que de ellos hace la
palabra, entonces ambos son buenos, porque están conformidad unos con
otros.
IGNOR. — Explica el sentido de esas palabras.
CRIST. — Dice la palabra de Dios que "los caminos del
hombre son torcidos", que "no son buenos, sino pervertidos; dice que
"los hombres, por naturaleza, se han extraviado del camino, que no lo
han conocido siquiera".
Ahora bien; cuando un hombre piensa así de sus caminos es
decir, cuando piensa con sentimiento y humillación de corazón, entonces
es cuando tiene buenos pensamientos de sus propios caminos, porque sus
juicios concuerdan entonces con el juicio de la palabra de Dios.
IGNOR. — ¿Qué son buenos pensamientos acerca de Dios?
CRIST. — Lo mismo que he dicho acerca de nosotros mismos:
Cuando nuestros pensamientos sobre Dios concuerdan con lo que dice de El
la Palabra, y esto es cuando pensamos en su ser y atributos, como la
Palabra enseña; pero de esto no puedo ocuparme ahora extensamente.
Hablando solamente de Dios en sus relaciones con nosotros, tenemos
pensamientos buenos y rectos El, cuando pensamos que nos conoce mejor
que nosotros a nosotros mismos, y puede ver el pecado en nosotros,
cuando nosotros no lo veamos en manera alguna en nosotros mismos; cuando
pensamos que conoce nuestros pensamientos más íntimos, y que nuestro
corazón, con todas sus profundidades, está siempre descubierto a sus
ojos; cuando pensamos que todas nuestras justicias hieden ante El, y,
por tanto, no puede sufrir que estemos en su presencia con confianza
alguna en nuestras obras, aun las mejores.
IGNOR. — ¿Te parece que soy tan necio que crea que Dios
no ve más que lo que yo veo, o que me atrevería a presentarme a Dios aun
con la mejor de mis obras?
CRIST. — Pues entonces, ¿cómo piensas en este asunto?
IGNOR. — Pues, para decirlo en pocas palabras, creo que
es necesario tener fe en Cristo para ser justificado.
CRIST. — ¿Cómo piensas que puedes tener fe en Cristo,
cuando no ves tú necesidad de El, ni conoces tus debilidades, ni
originales ni actuales; antes bien, tienes de ti mismo y de lo que haces
una opinión tal, que prueba muy claramente que nunca has visto la
necesidad de la justicia personal de Cristo para justificarte delante de
Dios? ¿Cómo, siendo esto así, puedes decir: Yo creo en Cristo?
IGNOR. — Creo bastante bien, a pesar de todo eso.
CRIST. — ¿Y cómo crees?
IGNOR. — Creo que Cristo murió por los pecadores, y que
seré justificado delante de Dios y libre de la maldición, mediante que
El acepta graciosamente mi obediencia a su ley; o, para decirlo de otra
manera: Cristo hace que mis deberes religiosos sean aceptables a su
Padre, en virtud de sus méritos, y de este modo, yo soy justificado.
CRIST. — Permíteme que conteste a esta tu confesión de
fe:
1°, Crees con una fe fantástica, porque tal fe no la
encuentro así escrita en ninguna parte de la Palabra.
2°, Crees con una fe falsa, porque quita la justificación
de la justicia personal de Cristo y la aplica a la tuya propia.
3°, Esa fe hace que Cristo sea el que justifica, no tu
persona, sino tus acciones, y luego tu persona por causa de tus
acciones, y esto es falso.
4º, Por tanto, esta fe es engañosa, y tal que te dejará
bajo la ira en el día del Dios Altísimo, porque la verdadera fe
justificante hace que el alma, convencida de su condición por la ley,
acuda por refugio a la justicia de Cristo (cuya justicia no es un acto
de gracia, en el cual; que tu obediencia sea aceptada por parte de Dios
y la justificación, sino su obediencia personal a la ley en hacer y
sufrir por nosotros lo que aquélla exigió de nosotros). Esta
justificación, digo, la verdadera fe la acepta, y bajo su manto el alma
está abrigada, y por ello se presenta sin mancha delante de Dios, y es
aceptada y absuelta de la condenación.
IGNOR. — Pero qué, ¿quieres que nos confiemos en lo que
Cristo ha hecho en su propia persona sin nuestra participación? Esta
fantasía daría rienda suelta a nuestras concupiscencias, y nos
permitiría vivir según nuestro propio antojo; porque, ¿qué nos
importaría el cómo viviésemos, si podemos ser justificados de todo por
la justicia personal de Cristo con sólo tener fe en ella?
CRIST. — Ignorancia te llamas, y es mucha verdad; eso
eres, y esa tu última contestación lo pone en evidencia, ignorante estás
de lo que es la justicia que justifica, y también ignorante de cómo has
de asegurar tu alma por fe de la terrible ira de Dios. También ignoras
los verdaderos efectos de esta fe salvadora en la justicia de Cristo,
que son: inclinar y ganar el corazón a Dios en Cristo, que ame su
nombre, su palabra, sus caminos y su pueblo, y no como tú, en tu
ignorancia, te lo imaginas.
ESPER. — Pregúntale si alguna vez se le ha revelado
Cristo desde el cielo.
IGNOR. — ¿Cómo? ¿Eres tú de los que creen en
revelaciones? Vaya, creo que lo que tú y comparsa decís sobre materia no
es más que el fruto de un cerebro desordenado.
ESPER. — Pero hombre, Cristo está tan escondido en
Dios de la compresión natural de la carne, que nadie puede
conocerle de una manera salvadora, si Dios, el Padre, no se lo revela.
IGNOR. — Esa será tu creencia, pero no la mía, y, sin
embargo, no dudo de que la mía sea tan buena como la tuya, aunque mi
cabeza no esté como la de ustedes.
CRIST. — Permitidme que tercie aquí con una palabra: no
se debe hablar tan ligeramente de este asunto, porque yo afirmo rotunda
y resueltamente lo mismo que mi buen compañero: que ningún hombre puede
conocer a Jesucristo sino por la revelación del Padre. Más aún: Que la
fe, por la cual el alma se hace de Cristo para ser una fe recta, ha de
ser operada por la supereminente grandeza de su poder. De esta operación
de la fe percibo que nada sabes, pobrecito Ignorancia. Despiértate,
pues, reconoce tu propia miseria y acude al Señor Jesús, y por su
justicia, que es la justicia de Dios (porque él mismo es Dios), serás
librado de la condenación.
IGNOR. — Andáis muy de prisa; no puedo andar a vuestro
paso; idos delante; tengo que detenerme todavía.
Y se despidió de ellos.
Entonces dijo Cristiano a su compañero:
CRIST. — Vamos, pues, buen Esperanza; está visto que tú y
yo hemos de andar otra vez solitos.
Dieron, pues, a caminar a buen paso, mientras Ignorancia
los seguía cojeando; y mientras caminaban les oí el siguiente diálogo:
CRIST. — Mucha lástima me da este pobre. Creo que al fin
lo va a pasar muy mal.
ESPER. — Desgraciadamente, hay muchísimos en nuestra
ciudad que están en la misma condición, familias enteras y aun calles
enteras, y eso que son también peregrinos, y si hay tantos entre
nosotros, calcula cuántos habrá en el lugar donde él nació.
CRIST. — Sí, dice la verdad la Palabra: "Les ha cerrado
los ojos para que no vean..."
Pero ahora que estamos otra vez solitos, dime: ¿qué te
parece de tales hombres? ¿Crees tu que alguna que otra vez tengan
convicción de pecado y, por consiguiente, temores de que están en estado
peligroso?
ESPER. — Esa pregunta nadie mejor que tú misino puede
contestarla, pues eres mayor que yo.
CRIST. — Mi respuesta es que, a mi parecer, es posible:
las tengan alguna que otra vez; pero siendo por naturaleza ignorantes,
no comprenden que esta convicción tiende a su provecho, y buscan de
todos modos ahogarla, siguen presuntuosamente adulándose a sí mismos en
el camino de sus propios corazones.
ESPER — En efecto, también yo creo como tú que el miedo
sirve mucho para bien de los hombres y para hacerles ir derechos al
principio de su peregrinación.
CRIST. — De eso no podemos dudar que es bueno, por eso
así lo dice la Palabra: "El temor de Jehová es el principio de la
sabiduría".
ESPER. — ¿Cómo podrías tú describir el miedo que es
bueno?
CRIST. — El miedo bueno se describe por tres cosas:
1º, Por su origen, es causado por las convicciones
salvadoras de pecado. 2º, Impele al alma a asirse de Cristo para
salvación. 3º, Engendra y conserva en el alma una gran reverencia a Dios
y a su Palabra y a sus caminos, manteniéndola tierna y haciéndola
temerosa de volverse de ellos a diestra y siniestra, o hacer cosa alguna
que pudiera deshonrar a Dios, alterar su paz, contristar al Espíritu
Santo, ser causa de que el enemigo hiciese algún reproche.
ESPER. — Estoy conforme; creo que has dicho la verdad.
¿No hemos salido todavía del terreno encantado?
CRIST. — Pues qué, ¿te cansa esta conversación?
ESPER. — No por cierto; pero quisiera saber dónde
estamos.
CRIST. — Aún nos falta como una legua que andar para
salir de él; pero volvamos a nuestro asunto. Los ignorantes no conocen
que tales convicciones que les atemorizan para su bien, y por esto
procuran ahogarlas.
ESPER. — ¿Y cómo procuran ahogarlas?
CRIST. — 1°, Creen que esos temores son obra del demonio
(aunque en verdad son de Dios), y así los resisten como cosas que
tienden directamente a su ruina. 2°, Piensan también que los tales
temores tienden a perjudicar su fe, cuando, ¡desgraciados de ellos!, no
tienen ninguna, y por esto endurecen su corazón contra ellos. 3°,
Suponen que no deben temer, y por esto, a pesar de sus temores, se hacen
vanamente confiados. 4°, Opinan que estos temores tienden a rebajar su
antigua y miserable propia santidad, y por esto los resisten con toda su
fuerza.
ESPER. — Algo de esto he experimentado yo mismo, porque
antes de convencerme a mí mismo me pasó lo que acabas de decir.
CRIST. — Bueno, dejaremos ya por ahora a nuestro vecino
Ignorancia, y nos ocuparemos de otra cuestión provechosa.
ESPER. — Enhorabuena; pero te suplico que la propongas
también tú otra vez.
CRIST. — Pues bien; ¿conociste allá en tu tierra, hace
cosa de unos diez años, a un tal Temporario, que era entonces un hombre
bastante fervoroso en religión?
ESPER. — ¡Oh! Sí, no lo he olvidado; vivía en Singracia,
pueblo que dista cosa de media legua de Honradez, y su casa estaba
inmediata a la de un tal Vuelve-atrás.
CRIST. — Tienes razón. Vivía con él bajo el mismo techo.
Bueno, pues ese estuvo una vez muy despierto; creo que entonces tenía
alguna convicción de sus pecados y de la paga que se les debe.
ESPER. — Así era, efectivamente. Su casa no distaba más
que una legua de la mía, y solía muchas veces venir a mí y con muchas
lágrimas; en verdad que me daba lástima, y no perdí del todo mis
esperanzas sobre él; pero está visto que no son cristianos todos los que
dicen: ¡Señor, Señor!
CRIST. — Me dijo una vez que estaba resuelto a ir en
peregrinación, como hacemos nosotros ahora; pero de repente tuvo
conocimiento con un tal Sálvese-él-mismo, y entonces ya dejó mi amistad.
ESPER. — Pues ya que hablamos de él, inquiramos la razón
de su repentina apostasía y de la de otros como él.
CRIST. — Nos podrá servir de mucho provecho; pero ahora
empieza tú.
ESPER. — Pues bien; en mi juicio hay cuatro razones a
ella:
1ª, Aunque están despiertas las conciencias de tales
hombres, sin embargo, sus corazones no se han cambiado; eso, cuando se
amortigua la fuerza de la culpa, acaba también lo que les inducía a ser
religiosos, y, naturalmente vuelven otra vez a sus antiguos caminos, así
como vemos que el perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a
volcarse en el cieno. Como he dicho, éstos buscan ávidos el cielo, sólo
a causa de su aprensión y temores de tormentos del infierno, y una vez
entibiada y resfriada la aprensión del infierno y su temor de la
condenación, se entibian y resfrían también sus deseos del cielo y de la
salvación, y por esto cuando han pasado su culpa y temor, acaban también
sus deseos y vuelven a sus caminos.
2ª, Otra razón es que sus temores son serviles, es decir
no son éstos temores de Dios, sino temores de los hombres, y "el temor
del hambre pondrá lazo". Así aunque aparecen muy ávidos del cielo,
mientras sienten las llamas del infierno alrededor de ellos; sin
embargo, cuando ese terror ha pasado un poco, ya les vienen otros
pensamientos, como son, que es bueno ser prudente y no arriesgar por lo
que no saben la pérdida de todo, o a lo menos, que no es bueno meterse
en inevitables e innecesarias aflicciones, y así vuelven a hacer sus
paces otra vez con el mundo.
3ª, También suele ser tropezadero en su camino la
vergüenza que suele acompañar a la religión; son orgullosos y altivos, y
la religión, a sus ojos, es baja y despreciable; por esto, una vez
perdido su sentido del infierno y de la ira venidera, vuelven a su
antiguo modo de vivir.
4ª, Les parece son muy gravosos la culpa y el pensar con
terror en ella; no les gusta contemplar sus miserias antes de tiempo;
porque aunque tal vez la primera consideración de esto les haría
refugiarse donde se refugian los justos, y donde estuviesen seguros, sin
embargo, como rehuyen esos pensamientos de la culpa y del terror, una
vez que ya se han hecho insensibles a sus convicciones y al temor de la
ira de Dios, endurecen voluntariamente sus corazones, y escogen
precisamente los caminos que contribuyen más a este endurecimiento.
CRIST. — Creo que vas bastante acertado, porque el
fundamento de todo es la falta de un cambio en su corazón y voluntad, y
por eso son semejantes al reo cuando está delante del juez. Se estremece
y tiembla, y parece arrepentirse de todo corazón; pero la causa de todo
esto es el temor que tiene de la horca y no el odio al delito; dejad si
no a tal hombre en libertad, y seguirá siendo un ladrón y un malvado
como antes, mientras que si hubiera cambiado su corazón, hubiera
cambiado también su conducta.
ESPER. — Ya que yo te he mostrado las razones de la
apostasía de éstos, muéstrame tú ahora la manera de ella.
CRIST. — Voy a hacerlo de buena voluntad:
1°, Apartan sus pensamientos todo lo posible de la
meditación y el recuerdo de Dios, de la muerte y del juicio venidero.
2°, Abandonan poco a poco, y por grados, sus deberes
privados, como la oración secreta, el refrenamiento de sus
concupiscencias, la vigilancia sobre si mismos, el dolor de pecados y
otros semejantes.
3°, Luego huyen de la compañía de los cristianos
fervorosos y entusiastas.
4º, Se van enfriando en cuanto a los deberes públicos,
como la lectura y predicación de la palabra, trato piadoso con otros
cristianos, etc.
5º, Ya empieza a gustarles cortar sayos, como se dice,
(criticar) a las personas piadosas, y esto de una manera infernal, para
tener una excusa aparente para echar fuera la religión, con el pretexto
de algunas debilidades que han descubierto en los que la profesan.
6º, Después vienen a adherirse y asociarse con hombres
carnales, licenciosos y livianos.
7º, Luego se entregan secretamente a conversaciones
carnales y livianas, alegrándose de ver cosas semejantes en algunos que
son tenidos por honrados, para disfrazarse con ellos y poder hacerlo más
atrevidamente.
8°, Por fin empiezan a jugar abiertamente con los
pecadillos, llamándolos cosa de poca entidad; y
9º, Endureciéndose de esta manera se
manifiestan enteramente como son. Así, habiéndose lanzado
en el abismo de la miseria, si un milagro de la gracia no lo
previene, perecen para siempre en sus propios engaños.