Volví de nuevo a dormir y a soñar, y vi a los dos
peregrinos bajando la montaña por el camino que llevaba a la ciudad.
Pero más abajo de las montañas hay un país que se llama
de las Ideas fantásticas, del cual sale al camino por donde iban los
peregrinos, una sendita tortuosa. Aquí, pues, encontraron a un joven
atolondrado que venía del dicho país; se llamaba Ignorancia. Preguntado
por Cristiano de qué parte venia y adonde se dirigía, respondió:
IGNORANCIA. — Nací en aquel país de la izquierda, y voy a
la Ciudad Celestial.
CRIST. — Pero, ¿cómo cree usted que va a entrar? Por que
es posible que a la puerta encuentre usted alguna dificultad.
IGNOR. — Como entran otras buenas gentes.
CRIST. — Pero, ¿qué puede usted presentar para que le
franqueen la entrada?
IGNOR. — Conozco bien la voluntad de mi Señor, y he
vivido bien; doy a cada uno lo suyo, oro, ayuno, pago diezmos y doy
limosnas, y he abandonado mi propio país para dirigirme a otro.
CRIST. — Pero no has entrado por la portezuela que está
al principio de este camino; te has colado por esa senda tortuosa, y así
me temo que por más que pienses bien de ti mismo, en el día de la cuenta
encontrarás que, en vez de darte entrada a la ciudad, te acusarán de ser
ladrón y robador.
IGNOR. — Caballeros, sois enteramente extraños para mi;
no os conozco; seguid en buena hora vosotros la religión de vuestro
país, yo seguiré la del mío, y espero que todo saldrá bien. En cuanto a
la puerta de que me habláis, todo el mundo sabe que está muy distante de
nuestro país, no creo haya uno siquiera en todo él país que conozca el
camino de ella, ni eso debe importarnos tampoco, pues tenemos, como
veis, una agradable y fresca vereda que nos trae a este camino.
Al ver Cristiano a este hombre, que así se tenia por
sabio en su propia opinión, dijo en voz baja a Esperanza: Más esperanza
hay del necio que de él.— Y añadió: Mientras va el necio por su camino,
fáltale la cordura, dice a todos, Necio es. ¿Qué te parece, seguiremos
hablando con él, o nos adelantamos por de pronto y le dejamos para que
medite sobre lo que acaba de oír, y luego le podremos aguardar, para ver
si poco a poco es posible hacerle algún bien?—Contestóle Esperanza: —
Soy de tu mismo parecer: no es bueno decírselo todo de una vez;
dejémosle solo por ahora, y luego volveremos a hablarle, según nos
brinde la ocasión.
Adelantáronse, pues, e Ignorancia siguió un poco más
atrás. No estaban aún muy delante, cuando entraron en un paso muy
estrecho y oscuro, donde encontraron a un hombre a quien habían atado
siete demonios con siete fuertes cuerdas, y le volvían otra vez al
postigo que los peregrinos habían visto en la falda del collado.
Un gran temblor se apoderó de nuestros peregrinos al oír
esto. Sin embargo, según los demonios iban llevando al hombre, Cristiano
le miró con atención para ver si le conocía, porque se le ocurrió que
podía ser un tal Vuelve-atrás, que vivía en la ciudad Apostasía; pero no
pudo ver su cara, porque la llevaba baja como un ladrón que acaba de ser
sorprendido; pero cuando hubo pasado mirando hacia atrás, Esperanza
distinguió un papel en sus espaldas con este letrero: "Cristiano
licencioso y maldito apóstata." Entonces Cristiano dijo a su compañero:
Ahora quiero recordar una cosa que me contaron de un buen hombre en
estos sitios. Se llamaba Poca-Fe, pero era hombre muy respetable y vivía
en la ciudad llamada Sinceridad, y le sucedió lo siguiente: Cerca de la
entrada de este paso estrecho, bajo de la puerta del camino ancho, hay
una senda llamada Vereda-de-los-muertos, y se llama así por los muchos
asesinatos que en ella ocurren. Ahora bien; este Poca-Fe, estando en su
peregrinación, como nosotros ahora, se sentó casualmente aquí y se echó
a dormir. Sucedió entonces que venían vereda abajo desde la puerta del
camino ancho tres villanos de brío: Cobardía, Desconfianza y Culpa,
todos tres hermanos, y descubriendo a Poca-Fe donde yacía dormido, se
acercaron a él a todo correr. Entonces ya había despertado de su sueño y
se estaba preparando para continuar su viaje.
Habiendo, pues, llegado los tres, con lenguaje amenazador
le mandaron detenerse. Poca-Fe se puso en extremo pálido, y no tuvo
fuerzas ni para luchar ni para huir. En esto dijo Cobardía: —Entrega tu
bolsa— y no dándose prisa a hacerlo (porque le dolía perder su dinero),
corrió hacia él Desconfianza, y metiendo la mano en su 'bolsillo, sacó
de él una bolsita llena de plata. Poca-Fe gritó a toda voz: — ¡Que me
roban, que me roban!— En este momento, Culpa, que tenía un formidable
garrote en su mano, descargó tal golpe en su cabeza que le tendió en el
suelo, donde yacía echando sangre a torrentes. Entretanto los ladrones
estaban alrededor de él; pero oyendo de repente pasos que se acercaban,
y temiendo que fuese un tal Gran Gracia, que vive en la ciudad de
Buena-Esperanza, huyeron a toda prisa y dejaron a este buen hombre
abandonado a sí mismo. Al poco rato volvió en sí Poca-Fe, y levantándose
como pudo, siguió su camino; esto es lo que me han contado.
ESPER. — ¿Pero le quitaron todo lo que tenía?
CRIST. — No; precisamente se les escapó registrar el
lugar donde tenía escondidas sus alhajas, pero según me contaron, el
buen hombre sintió mucho su pérdida, porque los ladrones le llevaron
casi todo el dinero que tenía para sus gastos ordinarios. Aún le
quedaban, es verdad, algunas monedas sueltas; pero apenas le alcanzaban
para llegar al fin de su viaje. Más me contaron, si no estoy mal
informado: que se vio obligado a mendigar, según viajaba, para poder
vivir, porque no le era permitido vender sus alhajas. Pero mendigando y
todo, adelantaba en su camino, si bien casi la mayor parte con el
vientre vacío.
ESPER. — Pero es extraño que no le arrebataron su
pergamino, con el cual debía tener entrada por la puerta Celestial.
CRIST. — Extraño es, en verdad, pero no se lo quitaron,
aunque no fue esto debido a su habilidad, porque el pobre, atemorizado
al verlos sobre sí, ni tenía poder ni habilidad para ocultar cosa
alguna; fue más bien por la buena providencia que por sus propios
esfuerzos el que se les escapase esa gran prenda.
ESPER. — Gran consuelo debió ser para él el que no le
arrancasen esa joya.
CRIST. — Pudiera haberle sido gran consuelo si se hubiera
aprovechado de ella como debía; pero los que me contaron la historia
dijeron que había hecho muy poco uso de ella en todo lo que le quedaba
de camino, a causa del gran susto que recibió cuando le quitaron su
dinero. Se olvidó de ella durante la mayor parte de su viaje, y si
alguna vez volvía a su memoria y empezaba a consolarse con ella,
entonces nuevos recuerdos de su pérdida le abrumaban, quitándole toda su
paz.
ESPER. — ¡Pobre! Debió ser muy grande su aflicción.
CRIST. — ¿Aflicción? Ya lo creo. ¿No lo hubiera sido
también para cualquiera de nosotros el haber sido tratado como él,
robado y además herido, y todo en un lugar extraño? Lo raro es que el
pobre no muriera. Me contaron que iba sembrando todo su camino con
amargas y dolorosas quejas, contando a todos los que le alcanzaban, o a
quienes él alcanzaba, el cómo había sido robado y dónde; quiénes habían
sido los que lo hirieron y cuánto había perdido, cómo había sido herido
y cómo a duras penas había escapado con vida.
ESPER. — Pero me extraña una cosa: que no le ocurriese la
idea de empeñar alguna de sus alhajas para tener con qué aliviarse en su
camino.
CRIST. — Hablas como quien ha salido apenas del cascarón
¿por cuánto y a quién había de empeñarlas o venderlas? En el país donde
fue robado no se apreciaban en nada sus joyas, ni tampoco le hubiera
venido bien cualquier alivio que pudiera haber encontrado en aquel país.
Sobre todo, si le hubieran faltado sus joyas a la puerta de la Ciudad
Celestial, hubiera sido excluido (y eso lo sabía muy bien) de la
herencia que allí hay, y eso le hubiera sido peor que la villanía de
millares de ladrones.
ESPER. — Vamos, que contestas con mucha aspereza a mis
observaciones. No seas conmigo tan agrio, y óyeme: Esaú vendió su
primogenitura, y eso por una vianda, y esa primogenitura era su joya más
preciosa, y si él lo hizo, ¿por qué no lo podía hacer también Poca-Fe?
CRIST. — Efectivamente, Esaú vendió su primogenitura, y a
semejanza de él lo han hecho muchos otros, que por hacerlo han perdido
la bendición mayor, como le pasó a aquel miserable; pero has de hacer
diferencia entre Esaú y Poca-Fe, como también entre las circunstancias
de uno y otro. La primogenitura de Esaú era típica, pero no así las
joyas de Poca-Fe; Esaú no tenía más Dios que su vientre, pero no sucedió
así con Poca-Fe; la necesidad de Esaú estaba en su apetito carnal; la de
Poca-Fe no era de este género. Además, Esaú no pudo ver más allá que el
satisfacer su apetito: "He aquí—dijo—yo me voy a morir; ¿para qué, pues,
me servirá la primogenitura?". Pero Poca-Fe, aunque era su suerte tener
tan poca fe, precisamente por ese poquito fue por lo que se detuvo de
tales extravagancias, y ¡pudo ver y apreciar sus joyas mejor que
venderlas, como hizo Esaú con su primogenitura. En ninguna parte leerás
que Esaú tuviera fe, ni siquiera un poquito; por lo mismo, no hay que
extrañar que donde impera solamente la carne (y esto pasa siempre en el
hombre que no tiene fe para resistir), venda su primogenitura y su alma
y su todo al mismo demonio, porque sucede con los tales como con el asno
montes a quien "en su ocasión nadie podía detener". Cuando sus corazones
están puestos en sus concupiscencias, las han de satisfacer, cueste lo
que cueste; pero Poca-Fe era de un temperamento muy diferente: su
corazón estaba puesto en las cosas divinas, su alimento era de cosas
espirituales y de arriba; por tanto, ¿a qué vender sus joyas, dado caso
que hubiera habido quien las comprase, para llenar su corazón con cosas
vanas? ¿Dará un hombre dinero para poder llenar su vientre de paja, o se
podrá persuadir a la tórtola a que se alimente de carne podrida como el
cuervo? Aunque los infieles, para servir a sus concupiscencias carnales,
hipotequen o empeñen o vendan lo que tienen, y a sí mismos por
añadidura, sin embargo, los que tienen fe, la fe que salva, aunque sólo
un poquito, no pueden hacer esto. Aquí, pues, hermano mío, tienes tu
equivocación.
ESPER. — La reconozco, pero tu severa reflexión casi le
había enfadado.
CRIST. — ¿Por qué? No hice más que compararte a una de
esas avecillas más briosas que echan a correr por sus caminos, conocidos
o sin conocer, llevando todavía el cascarón; pero vaya, pasa por alto
aquello, y vamos a considerar el asunto que estamos discutiendo, y todo
estará bien.
ESPER. — Yo, Cristiano mío, estoy persuadido en mi
corazón que esos tres bribones fueron muy cobardes; de otro modo,
¿hubieran huido al ruido de uno que se aceraba? ¿Por qué no se armó de
más valor Poca-Fe? Me parece que debiera haber arriesgado un combate con
ellos, y sólo haber cedido cuando ya no hubiese otro remedio.
CRIST. — Que sean cobardes, muchos lo han afirmado; pero
que lo sean de veras, pocos lo han encontrado así en la hora de la
prueba. En cuanto a corazón, no lo tenía “Poca-Fe”; y por lo que dices,
entiendo que tú arriesgarías sólo un ligero combate, y muy luego
cederías. Y en verdad, si ahora que están distantes de nosotros es ese
tu ánimo, en el caso de que se te presentasen como a él, me temo que
serían muy otros tus pensamientos.
Pero considera también que éstos no eran sino ladrones
subalternos, que sirven al rey del abismo insondable, el cual, a ser
necesario, vendría en su ayuda, y la voz de éste es como la de un león
rugiente. Yo mismo he sido acometido como Poca-Fe, y probé por mí mismo
cuan terrible es. Los tres bribones me acometieron, y habiendo empezado
yo a resistir, como buen cristiano, dieron una pequeña voz, y al
instante su amo se personó. Y como dice el refrán, no hubiera dado dos
cuartos por mi vida, si no hubiera sido porque me veía vestido, según
Dios quería, de armadura de prueba; y aun vestido así, apenas puede
salirse airoso. Nadie puede decir lo que le pasará en tal combate, sino
el que ha pasado por él.
ESPER. — Es verdad, pero echaron a correr, a la simple
suposición de que Gran-Gracia se acercaba.
CRIST. — Cierto, tanto ellos como su dueño han huido
muchas veces con sólo que Gran-Gracia se haya presentado, y no debe
extrañarse, porque él es campeón real; pero me parece que debes admitir
alguna diferencia entre Poca-Fe y el campeón del rey; no son campeones
todos los súbditos del rey, y, por tanto, no todos pueden en la prueba
hacer hazañas como él. ¿Es dable pensar que un niñito venciese a Goliat
como lo hizo David, o que haya en una avecilla la fuerza de un toro?
Unos son fuertes, otros son débiles; unos tienen mucha fe, otros poca;
este buen hombre era de los débiles, y por eso cedió.
ESPER. — Ojalá hubiera sido Gran-Gracia, para bien de
ellos.
CRIST. — Voy a decirte una cosa: el mismo Gran-Gracia
hubiera tenido bastante que hacer; porque has de saber que aunque maneja
muy bien las armas, y los tiene a raya cuando le atacan a cierta
distancia, sin embargo, si lo hacen de cerca, es decir, si Cobardía,
Desconfianza o el otro logran entrar en él, poco han de poder para no
echarle a tierra. Y una vez en tierra un hombre, sabes bien cuan poco
puede.
Cualquiera que mire el rostro de Gran-Gracia verá en él
cicatrices y heridas que se encargan de demostrar lo que digo. Aún más.
He oído decir que en un combate llegó hasta decir: "Desesperamos aun de
la vida." ¡Cuánto hicieron gemir, lamentar y aun gritar a David estos
bribones! También Hemán y Exequias, aunque campeones en su tiempo,
necesitaron grandes esfuerzos al ser asaltados por ellos, y pasaron muy
malos ratos. Una vez Pedro quiso probar lo que podía, y aunque algunos
dicen el es príncipe de los Apóstoles, le subyugaron de tal manera, que
le hizo temer una pobre muchacha.
Además, el rey de ellos está siempre a la mano, donde
pueda oírlos, y si alguna vez les va mal, y le es posible, viene al
instante en su ayuda. De él se ha dicho: "Cuando alguno lo alcanzare, ni
espada, ni lanza, ni dardo, ni coselete durará contra él. El hierro
estima por paja y el acero por leño podrido. Saeta no le hace huir; las
piedras de honda se le tornan aristas. Tiene toda arma por hojarascas, y
del blandir de la pica se burla". ¿Qué puede hacer un hombre en tal
caso? Verdad es que si pudiera un hombre tener en todas ocasiones el
caballo de Job, y habilidad y valor para manejarle, haría cosas
estupendas, porque "su cerviz está vestida de relincho, no se intimará
como alguna langosta; el resoplido de su nariz es formidable; escarba la
tierra, alégrase en su fuerza, sale al encuentro de las armas, hace
burla al espanto y no teme ni vuelve el rostro delante de la espada;
contra él suena la aljaba, el hierro de la lanza y de la pica, y él, con
ímpetu y furor, escarba la tierra, sin importarle el sonido de la
bocina; antes, como que dice entre los clarines, ¡ea!, y desde lejos
huele la batalla, el grito de los capitanes y el vocerío".
Pero peones corno tú y yo nunca debemos desear el
encontrarnos con tal enemigo, ni gloriarnos de que podamos hacerlo
mejor, cuando oímos hablar de otros que han sido vencidos, ni engañarnos
con la ilusión de nuestra propia fuerza; porque los que así hacen, por
lo regular, salen peores de la prueba; testigo, Pedro, de quien he
hablado antes. Quería vanagloriarse, sí; quería, según le movía a decir
su vano corazón, hacer más y defender más a su Maestro que todos los
otros; pero, ¿quién tan humillado y corrido por estos bribones, como él?
Cuando, pues, oímos de la ocurrencia de tales latrocinios en el camino
real, nos conviene hacer dos cosas:
Salir armados y no olvidar el escudo, porque, por falta
de éste, aquél que atacó tan impávidamente al Leviathan, no (pudo
rendirle, porque, cuando nos ve sin escudo, no nos tiene ningún miedo.
El que tenía más habilidad que todos ha dicho: "Sobre todo, tomad el
escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del
maligno".
Bueno es también que pidamos al Rey una guardia; más aún:
que él mismo nos acompañe. Eso hizo a David estar tan alegre, aun cuando
se encontraba en el valle de la Sombra-de-muerte. Y Moisés prefería
morir antes que dar un paso más sin su Dios. ¡Oh, hermano mío! Con sólo
que nos acompañe, ¿qué hemos de temer de diez mil que se opongan contra
nosotros?. Pero sin él los soberbios caerán entre los muertos.
Yo, por mi parte, he estado en la pelea antes de ahora; y
aunque por la bondad de Aquél que es el sumo bien, todavía, como ves,
estoy vivo; sin embargo, no puedo vanagloriarme de mi valor. Me alegraré
mucho de no tener que pasar por tales encuentros, aunque me temo que
todavía no estamos fuera de todo peligro. Sin embargo, puesto que ni el
león ni el oso me han devorado hasta ahora, espero en Dios que nos libre
de cualquier filisteo incircunciso que venga detrás.
En estas pláticas pasaban su camino, e Ignorancia detrás
de ellos, hasta que llegaron a un punto adonde confluía otro camino que
parecía continuar tan directo como el que ellos llevaban, y no sabían
cuál de ambos elegir, que los dos les parecían igualmente derechos. Por
tanto se detuvieron para pensar lo que habían de hacer, a tiempo que se
reunió con ellos un hombre que tenía su carne muy negra, pero cubierta
de un vestido muy claro, les preguntó por qué se detenían allí.
—Buscamos—respondieron—la Ciudad Celestial; pero no sabemos cuál de dos
caminos escoger. —Seguidme—dijo el hombre—; allá me dirijo yo también—.
Siguiéronle, pues, por el camino nuevo, pero éste, gradualmente, se iba
torciendo, y hacía volver las espaldas a la ciudad a que deseaban
llegar, de tal modo, que pronto vieron que se alejaban de ella sin
embargo continuaron andando.
No había pasado mucho tiempo cuando, sin apercibirlo
ellos, el hombre los enredó en una red tal, que no sabían cómo salir; al
mismo tiempo, caía la ropa blanca de espaldas del hombre negro. Entonces
se apercibieron de en dónde estaban, y dieron a llorar por algún rato,
que no podían librarse.
CRIST. — Ahora veo que hemos caído en un error. ¿No nos
aconsejaron los Pastores que nos guardáramos del adulador? Según el
dicho del Sabio, hemos experimentado hoy que el hombre que lisonjea a su
prójimo red tiende delante de sus pasos.
ESPER. — También nos dieron una nota de las direcciones
del camino, para que pudiéramos estar seguros de estar seguros de
acertar con él; pero también nos hemos olvidado de leerla, y por eso no
nos hemos preservado de las vías del Destructor. Así estaban los pobres
presos en la red, cuando, por fin descubrieron a uno de los
Resplandecientes, que venía a ellos con un látigo de pequeñas cuerdas en
su mano. Cuando hubo llegado a ellos, les preguntó de dónde venían y qué
hacían allí. Dijéronle que eran unos pobres peregrinos que iban
caminando hacia Sión, pero que habían sido extraviados por un hombre
negro vestido de blanco que los mandó seguirle, porque él también se
dirigía allá. Entonces contestó el del látigo: —Ese era Adulador, falso
apóstol, transformado en ángel de luz.
En esto rompió la red y dio libertad a los hombres, y les
dijo: —Seguidme a mí, yo os pondré otra vez en vuestro camino—. Y de
esta manera los volvió al camino que habían abandonado por seguir a
Adulador. Contáronle entonces que la noche anterior habían estado en las
montañas de las Delicias; que habían recibido de los Pastores una guía
para el camino; pero que no la habían sacado ni leído por olvido; y, por
último, que aunque habían sido prevenidos contra Adulador, no creyeron
que fuese el que habían encontrado.
Entonces vi en mi sueño que les mandó echarse al suelo, y
los castigó con severidad para enseñarles el buen camino, que nunca
debían haber dejado; y mientras los castigaba les decía: —Yo reprendo y
castigo a todos los que amo. Sed, pues, celosos y arrepentíos—. Hecho
esto, les mandó proseguir su camino y tener mucho cuidado de obedecer a
las demás direcciones de los Pastores, con lo cual ellos le dieron las
gracias por tanta bondad, y emprendieron de nuevo su marcha por el
camino recto, procurando no olvidar la severa lección que habían
recibido, y dando bendiciones al Señor, que había usado con ellos tanta
misericordia.