Caminando nuestros peregrinos, llegaron por fin a las
Montañas de Delicias, propiedad del Señor del Collado, de que nos hemos
ocupado ya. Subieron a ellas para contemplar los jardines, viñedos y
fuentes de agua; allí también bebieron, se lavaron y comieron libremente
del fruto de las viñas. En lo alto de estas montañas había Pastores
apacentando sus rebaños; y precisamente estaban entonces a poca
distancia del camino. Acercáronse a ellos los peregrinos, y apoyados en
sus báculos (como suelen hacer los viajeros cansados, cuando se detienen
a hablar con alguien en el camino), les preguntaron de quién eran
aquellas Montañas de Delicias y los ganados que en ellas pastaban.
PASTORES. — Estas montañas son del país de Emmanuel, y
desde ellas se distingue la Ciudad Celestial; también son suyas las
ovejas, por las cuales él puso su vida.
CRISTIANO. — ¿Es este el camino para la Ciudad Celestial?
PAST. — Estáis precisamente en él.
CRIST. — ¿Cuánta distancia hay aún hasta allá?
PAST. —Demasiada para los que nunca han de llegar; pero
muy poca para los que son perseverantes.
CRIST. — ¿Es el camino peligroso o seguro?
PAST. — Seguro para los que debe serlo; pero los
transgresores caerán en él.
CRIST. — ¿Hay aquí algún alivio para los peregrinos que
llegan cansados y desfallecidos del camino?
PAST. — El Señor de estas montañas nos ha encarecido
siempre la hospitalidad; por tanto, cuanto bueno hay aquí está a vuestra
disposición.
Entonces vi en mi sueño que enterados los Pastores de que
aquellos eran peregrinos, les hicieron algunas preguntas sobre su país
natal, su entrada en el buen camino, su perseverancia en seguirlo,
porque son muy pocos los que llegan en su viaje a estas montañas, y
cuando oyeron las satisfactorias respuestas de aquéllos, los agasajaron
mucho y les dieron la más cordial bienvenida.
Los pastores se llamaban Ciencia, Experiencia, Vigilancia
y Sinceridad. Tomaron, pues, de la mano a los peregrinos y los
introdujeron en sus tiendas.
—Aquí permaneceréis con nosotros un poco de tiempo —les
dijeron—para que nos conozcamos bien y os regocijéis con las delicias de
estas montañas.
—Con muchísimo placer lo haremos—contestaron, y tomaron
alojamiento por aquella noche, porque era ya tarde y el día ya había
declinado.
A la mañana siguiente invitaron a Cristiano y Esperanza a
dar un paseo por las montañas. La perspectiva que a los ojos de los
peregrinos se presentó era sobremanera maravillosa. Mas no pararon aquí
los agasajos de los Pastores.
—Vamos a enseñarles—deliberaron y acordaron entre
—algunas maravillas—; y los llevaron primeramente a la cima de una
montaña llamada Error, cuya bajada era muy perpendicular por el lado
opuesto, y les hicieron mirar hacia el fondo, donde pudieron ver a
muchos que, al caer de aquella altura, habían quedado completamente
despedazados. Dijo entonces:
CRIST. — ¿Qué significa esto?
PAST. — ¿No habéis oído hablar de aquellos que se
extraviaron por haber prestado oído a lo que decían Himeneo y Fileto
acerca de la resurrección del cuerpo?, pues esos que veis son los
mismos, y siguen hasta el día e hoy sin sepultura, como estáis viendo,
para ejemplo de los demás, para que cuiden de no subir demasiado alto
acercarse mucho al borde de esta montaña.
Después los condujeron a la cima de otra montaña, cuyo
nombre era Cautela, y les hicieron mirar a lo lejos, señalándoles a
algunos hombres que estaban dando vueltas arriba y abajo entre los
sepulcros que allí había. Aquellos hombres eran ciegos, porque
tropezaban en los sepulcros no podían salir de entre ellos.
CRIST. — Y esto, ¿qué quiere decir?
PAST. — ¿No veis un poco más abajo, al pie de estas
montañas, unos escalones que dan a una pradera, a la izquierda del
camino? Desde aquellos escalones va una senda directamente al Castillo
de la Duda, cuyo dueño es el Gigante Desesperación, y estos hombres
(señalando los de entre las tumbas) vinieron una vez en peregrinación,
como vosotros lo hacéis ahora, hasta llegar a esos escalones, y porque
el camino recto les parecía áspero en aquel sitio, determinaron salirse
de él y tomar por esa pradera, donde los cogió el Gigante Desesperación
y los metió en el castillo de la Duda; y después de tenerlos en el
calabozo por algunos días, les sacó los ojos y los condujo a estos
sepulcros, donde los ha dejado vagar hasta el día de hoy, para que se
cumpliese el dicho del sabio: "El hombre que se extravía del camino de
la sabiduría, vendrá a parar a la compañía de los muertos". Entonces se
miraron el uno al otro, Cristiano y Esperanza, con ojos llenos de
lágrimas, pero nada dijeron a los Pastores.
En seguida los llevaron a otro sitio, al fondo de un
valle. Había allí una puerta, en la falda del collado, la cual abrieron.
"Mirad adentro", les dijeron; miraron y vieron que todo el interior
estaba muy oscuro y lleno de humo; les pareció también que oían un ruido
atronador como de fuego, y gritos como de quien está sufriendo
tormentos; también sentía el olor de azufre.
CRIST. — Explicadme esto.
PAST. — Este es un postigo del Infierno, por el cual
entran los hipócritas, como los que, como Esaú, venden su primogenitura;
los que venden a su Maestro, como Judas; los que blasfeman del
Evangelio, como Alejandro; los que mienten y fingen, como Ananías y su
mujer.
ESPER. — Por lo que veo éstos han tenido todos señales de
peregrinos como nosotros, ¿no es verdad?
PAST. — Sí, y algunos de ellos por mucho tiempo.
ESPER. — ¿Hasta qué punto habían llegado en su
peregrinación, puesto que al fin se han perdido tan miserablemente?
PAST. — Unos habían llegado más allá, y otros más acá de
estas montañas.
Entonces dijéronse los peregrinos entre sí: Preciso nos
es llamar a Aquél que es poderoso para pedirle fuerzas.
PAST. — Sí, y preciso os será también emplearlas una vez
recibidas.
En esto manifestaron los peregrinos deseo de proseguir su
camino, y los pastores convinieron en ello, y así anduvieron juntos
hasta salir de las montañas. Entonces dijeron los Pastores unos a otros:
"Vamos a mostrar a estos peregrinos la puerta de la Ciudad Celestial, si
es que tienen habilidad para mirar por nuestro anteojo." Cristiano y
Esperanza aceptaron la invitación, y llevados a la cima de le otra
montaña llamada Clara, recibieron el anteojo.
Procuraban mirar, en efecto, pero el recuerdo de lo que
habían visto últimamente hacía temblar su mano de tal manera, que no
podían ajustar el anteojo a su vista; sin embargo, creyeron divisar algo
que parecía ser la puerta, también algo de la gloria del lugar. Con esto
se despidieron e iban cantando por su camino:
"Secretos nos revelan los Pastores Que están, para otros
hombres, bajo velo; A ellos venid, pues son reveladores De “bellas cosas
que nos guarda el cielo.”
Al despedirse, uno de los Pastores les dio una indicación
del camino; otro les intimó que estuviesen prevenidos contra el
Adulador; el tercero les aconsejó que se guardasen de dormir en el
terreno Encantado, y el cuarto les deseó buen viaje en compañía del
Señor. Entonces yo desperté de mi sueño.