Cuando ya tuvieron intención de seguir su camino (porque
todavía no habían llegado al término de su viaje), habiendo comido y
bebido, partieron.
Entonces vi en mi sueño que a muy corto trecho el río y
el camino se separaba, lo que no dejó de afligirlos; sin embargo, no se
atrevieron a dejar el camino. Este, al separarse del río, era muy
áspero, y los pies de los peregrinos estaban muy delicados por el mucho
andar, así que se abatió su ánimo por esta causa. Más, a pesar de esto,
prosiguieron su camino, aunque deseando otro mejor. Un poco más adelante
había, a la izquierda del camino, una pradera a la cual daban entrada
unos escalones de madera; se llamaba el Prado de la Senda-extraviada.
Dijo entonces Cristiano a su compañero: —Si este Prado continuase al
lado de nuestro camino, podríamos pasar por él—. Y se acercó a los
escalones para inspeccionar; y he aquí que había una senda que iba al
par del camino al otro lado de la cerca. —Esto es lo que yo quería—dijo
Cristiano—; por aquí podremos andar con más facilidad; vamos, buen
Esperanza, pasemos al otro lado.
ESPER. — ¿Y si esta senda nos extraviase?
CRIST. — No es probable; mira, ¿no ves que va al lado del
camino?
Y Esperanza, persuadido por su compañero, pasó con él al
otro lado de la cerca; esta senda era muy suave para sus pies.
Descubrieron también un poco más adelante un hombre, que seguía el mismo
camino, cuyo nombre era Vana-confianza; diéronle voces y le preguntaron
adonde conducía aquella senda. —A la Puerta Celestial—contestó. — ¿Ves?
— Dijo Cristiano —¿No te lo dije? Podemos, pues, estar seguros de que
vamos bien—. Así prosiguieron su camino, y el otro delante de ellos.
Pero he aquí que la noche les sorprendió, y era tan oscura, que no
podían distinguir al que iba delante.
Este, por su parte, no distinguiendo bien el camino, cayó
en un foso profundo, hecho de intento por el príncipe de aquellos
terrenos para coger en él a los tontos presumidos, y se estrelló en su
caída.
Habíanle oído caer Cristiano y Esperanza, y le dieron una
voz, preguntando qué le pasaba; pero la única contestación fue un
profundo gemido. Entonces dijo Esperanza: — ¿Dónde nos encontramos ahora
?—Cristiano no se atrevió a responder, temeroso de haberse extraviado, a
la vez que empezó a llover, tronar y relampaguear de una manera
atronadora, y el agua a crecer y anegarlos. Gimió entonces Esperanza
para sí, diciendo: —¡Ojalá hubiera seguido mi camino!
CRIST. — ¡Quién iba a pensar que esta senda nos hubiera
extraviado tanto!
ESPER. — Tenía mis temores de ello desde el principio,
por eso te di aquella suave amonestación, y hubiera halado más
claramente si no hubiera respetado tu mayor edad.
CRIST. — Mi buen hermano, no te ofendas; siento en el
alma haberte extraviado del camino, exponiéndote a peligro tan
inminente; perdóname, no lo he hecho con mala intención.
ESPER. — Consuélate, hermano, porque te perdono de buen
grado, y creo también que esto nos ha de servir de provecho.
CRIST. — Me alegro caminar con un hermano tan bondadoso;
pero no debemos estarnos aquí; probemos a retroceder en busca del
camino.
ESPER. — Pero, querido hermano, déjame que vaya delante.
CRIST. — No; quiero ir el primero para que si hay peligro
sea yo el que lo sufra antes, ya que por mi causa ambos nos hemos
extraviado.
ESPER. — No; no debe ser así; porque estando turbado tu
ánimo, tal vez nos extraviemos todavía más.
Entonces, con gran consuelo suyo, oyeron una voz que
decía:
—Nota atentamente la calzada, el camino por donde
viniste; vuélvete—. Pero he aquí que las aguas habían crecido
grandemente, por cuya razón la vuelta era ya muy peligrosa. (Entonces
pensé que es más fácil salir del camino cuando estamos dentro, que
volver a él una vez fuera.) Sin embargo, se arriesgaron a volver; pero
era ya tan oscuro y la avenida estaba tan alta, que por poco se ahogan
nueve o diez veces.
Por mucha diligencia que pusieron, no podían dar con los
escalones de madera; así que, habiendo hallado un pequeño resguardo, se
sentaron allí hasta la venida del día, y la fatiga y cansancio cerraron
sus ojos para el sueño.
Pero no lejos de donde estaban había un castillo, que se
llamaba Castillo de la Duda, y cuyo propietario era el Gigante
Desesperación, a quien pertenecían también los terrenos en donde se
habían echado a dormir.
Habiendo madrugado el Gigante, paseándose por sus campos,
sorprendió a los dormidos Cristiano y Esperanza. Con voz áspera y
amenazadora les despertó, y preguntó de dónde eran y qué querían en sus
campos. —Somos peregrinos—dijeron—y hemos perdido el camino.
—Miserables—dijo el Gigante—, habéis violado mis terrenos esta noche,
pisando y echándoos sobre mi césped, y así sois mis prisioneros— A esta
intimación nada tuvieron que hacer más que obedecer, porque podía más
que ellos, y se reconocían transgresores. El Gigante, pues, los empujó
delante de sí y los metió en un calabozo de su castillo, muy oscuro,
hediondo y repugnante a los espíritus de esos pobres hombres. Allí
estuvieron desde la mañana del miércoles hasta el sábado por la noche,
sin tomar bocado de nada, ni una gota de agua, sin luz y sin que nadie
les preguntase cómo les iba. Triste era su situación, y muy lejos de
amigos y conocidos, y más triste aún la de Cristiano, porque, a causa de
su mal aconsejada prisa, habían caído en tamaño infortunio.
Tenía el Gigante Desesperación una esposa, llamada
Desconfianza, a la cual, cuando se hubieron acostado, dio cuenta de cómo
había cogido dos prisioneros y los había arrojado en su calabozo por
haber violado sus campos, preguntándole después su opinión sobre lo que
debería hacerse con ellos. Desconfianza, habiéndose enterado de quiénes
eran, de dónde venían y adonde iban, le aconsejó que a la mañana
siguiente los apalease sin misericordia.
Luego, pues, que se hubo levantado, se proveyó de un
terrible garrote de manzano silvestre y bajó al calabozo. Los injurió
primero, tratándolos como a perros, aunque nada malo le contestaron, y
luego cayó sobre ellos, apaleándolos de tal manera, que no se podían
mover, ni aun volverse en el suelo de un lado a otro. Hecho esto se
retiró, dejándolos abandonados en su miseria y llorando su desgracia;
así que todo aquel día lo pasaron solos en sollozos y amargas
lamentaciones.
La noche siguiente, hablando Desconfianza con su marido
sobre ellos, y enterada de que vivían aún, dijo que debía aconsejarles
que pusiesen fin a su existencia. Venida, pues, la mañana, entró a ellos
de una manera brusca, como el día anterior, y notando que sufrían mucho
por los golpes que les había dado, les dijo: —Puesto que no habéis de
salir de este lugar, lo mejor que podéis hacer es poner fin a vuestra
vida, sea con cuchillo, con una cuerda o con veneno; porque, ¿cómo
habéis de elegir una vida tan llena de amargura?— Pero ellos le instaban
a que les dejase marchar. Entonces él los miró tan fieramente y con
tanto ímpetu cayó sobre ellos, que seguramente los hubiera quitado de en
medio, a no haberle acometido uno de los muchos accidentes que le daban
en el buen tiempo, y que en aquel entonces le privó del uso de sus
manos, obligándole a retirarse y dejarlos solos pensando sobre lo que
podrían hacer.
Entonces se pusieron a discurrir si sería mejor seguir el
consejo del Gigante, teniendo con este motivo el siguiente diálogo.
CRIST. — Hermano, ¿qué vamos a hacer? La vida que
llevamos es miserable; por mi parte, no sé si es mejor vivir así o morir
desde luego; mi alma tiene por mejor el ahogamiento que la vida, y el
sepulcro me sería más agradable que este calabozo. ¿Vamos a tomar el
consejo del Gigante?
ESPER. — Es verdad que nuestra condición actual es
terrible, y la muerte me sería mucho más grata si así hemos de estar
para siempre; sin embargo, consideremos que el Señor del país adonde nos
dirigimos ha dicho "no matarás"; y si se nos hace esta prohibición con
respecto a otros, mucho más debe hacérsenos con respecto a nosotros
mismos. Además, el que mata a otro no mata más que su cuerpo; pero el
que se mata a sí mismo, mata el cuerpo y el alma a una; y sobre todo,
hablas de descanso en el sepulcro; ¿pero acaso has olvidado adonde van
ciertamente los que matan? Porque "ningún asesino tiene vida eterna".
Consideremos, además, que no está toda la ley en manos de este Gigante;
hay otros, según entiendo, que, como nosotros, han sido cogidos por él,
y, sin embargo, han escapado de sus manos; ¿quién sabe si ese Dios que
ha hecho el mundo hará que muera ese Gigante Desesperación, o que un día
u otro se olvide echar el cerrojo, o que tenga pronto otro de sus
accidentes estando aquí y pierda el uso de sus pies? Si tal aconteciese
otra vez, estoy resuelto a obrar con energía y hacer lo posible por
escaparme de sus manos; he sido un tonto en no haberlo procurado antes;
pero tengamos paciencia y suframos un poco más; vendrá la hora en que se
nos dará una feliz libertad; no seamos nuestros propios asesinos— Con
tales palabras consiguió Esperanza por entonces moderar el ánimo de su
hermano, y así siguieron juntos en las tinieblas todo aquel día, en su
triste y dolorosa situación.
Hacia la caída de la tarde volvió a bajar el Gigante al
calabozo para ver si sus prisioneros habían tomado su consejo; pero
encontró que no habían muerto, aunque tampoco se podía decir que tenían
mucha vida, porque ya por falta de alimentación, ya por las heridas que
habían recibido en el apaleamiento, apenas podían respirar. Al verlos,
pues, vivos, se puso muy furioso, y les dijo que, habiendo desechado su
consejo, más les valiera no haber nacido.
Mucho les hicieron temblar estas palabras, y me parecía
que Cristiano desmayaba; pero volviendo un poco en sí, pusiéronse de
nuevo a discurrir sobre el consejo que les había dado el Gigante.
Cristiano se mostró inclinado a seguirlo; pero Esperanza
le dijo de nuevo:
ESPER. — Hermano mío: ¿has olvidado el valor que hasta
ahora tuviste en otras ocasiones? No pudo aplastarte Apollyón, ni
tampoco todo lo que oíste, viste y sentiste en el valle de la
Sombra-de-muerte. ¿Cuántas penalidades, terrores y sustos no has pasado
ya? ¿Y ahora no hay en ti más que temores? Me ves a mí en el calabozo
contigo, a mí, un hombre por naturaleza mucho más débil que tú. También
a mí me ha herido este Gigante cual a ti, y me ha privado del pan y del
agua, y como tú vengo lamentando la falta de luz. Pero ejercitemos un
poco más la paciencia; acuérdate del valor que mostraste en la feria de
Vanidad, y que no te atemorizaron ni las cadenas, ni la cárcel, ni la
perspectiva de una muerte sangrienta; por tanto (al menos para evitar la
vergüenza que nunca debe caer sobre un cristiano), soportemos esto con
paciencia lo mejor que nos sea posible.
Así pasó otro día, y vino de nuevo la noche, y la esposa
del Gigante volvió a preguntarle sobre el estado de sus prisioneros, y
si habían tomado o no su consejo. El Gigante le contestó: —Son unos
villanos de brío, que prefieren sufrir toda clase de penalidades a darse
la muerte—. Entonces ella le replicó: —Sácalos, pues, mañana al patio
del castillo y enséñales allí los huesos y calaveras de los que ya has
despedazado, y hazles creer que antes de una semana los desgarrarás,
como has hecho con sus compañeros.
Así lo hizo: a la mañana siguiente los visitó y los sacó
al patio del castillo, y les mostró lo que su mujer le había indicado.
—Estos—les dijo—eran peregrinos como vosotros; violaron mis terrenos,
como vosotros habéis hecho, y cuando tuve por conveniente los despedacé,
como haré con vosotros dentro de pocos días. Andad, volveos otra vez a
vuestra prisión—. Y fue dándoles azotes hasta la misma puerta. Allí
siguieron los infelices todo el día del sábado, en circunstancias tan
lastimosas como antes. Vino la noche, y reanudaron su discurso el
Gigante y su esposa, extrañándose mucho de que ni por azotes ni por
consejos pudiesen acabar con ellos; y dice entonces la mujer: —Me temo
que se alientan con la esperanza de que vendrá alguno para librarlos, o
que tendrán consigo alguna llave falsa con la cual esperan poder
escapar. —Yo los registraré por la mañana—dijo el Gigante.
Ya era cerca de media noche del sábado cuando empezaron
nuestros peregrinos a orar, continuando en su oración casi hasta (romper
el alba).
Momentos antes de amanecer, el bueno de Cristiano
prorrumpió como despavorido en estas fervientes palabras: —¡Qué tonto y
necio soy en quedarme en mi calabozo hediondo, cuando tan bien pudiera
estar paseándome en libertad! Tengo en mi seno una llave, llamada
Promesa, que estoy persuadido podrá abrir todas y cada una de las
cerraduras del castillo de la Duda.
— ¿De veras?—dijo Esperanza—. Estas son buenas noticias,
hermano; sácala de tu seno y probaremos.
Cristiano sacó su llave, la aplicó a la puerta del
calabozo, y a la media vuelta la cerradura cedió, y la puerta se abrió
de par en par y con la mayor facilidad, y Cristiano y Esperanza
salieron. Llegaron a la puerta exterior que daba al patio del castillo,
y ésta cedió con la misma facilidad. Dirigiéronse a la puerta de hierro
que cerraba toda la fortaleza, y aunque allí la cerradura era
terriblemente fuerte y difícil, con todo, la llave sirvió para abrirla.
Empujaron la puerta para escapar a toda prisa; pero esta puerta, al
abrirse rechinó tanto, que despertó al Gigante Desesperación, el cual se
levantó con toda prisa para perseguir a sus prisioneros; mas en esto le
faltaron sus piernas, porque le acometió uno de sus accidentes que le
imposibilitó de todo punto para ir en su persecución. Entonas ellos
corrieron, llegando otra vez al camino real, libres de todo miedo, pues
ya estaban fuera de la jurisdicción del gigante.
Habiendo, pues, rebasado los escalones, principiaron a
discurrir entre sí sobre lo que podrían hacer en ellos para prevenir que
los que vinieran detrás no cayesen también en manos del Gigante; así
acordaron erigir allí una columna y grabar en lo alto de ella estas
palabras: "Estos escalones conducen al castillo de la Duda, cuyo dueño
es el Gigante Desesperación, que menosprecia al Rey del País Celestial y
busca destruir sus santos peregrinos." Con esto, muchos que llegaron a
este punto en los tiempos sucesivos, veían el letrero y evitaban el
peligro. Hecho esto, cantaron como sigue: