Entonces vi en mi sueño que Cristiano no había salido
solo, sino que iba acompañado de Esperanza, que había llegado a ser tal
al ver la conducta de Cristiano y Fiel, al oír sus palabras y presenciar
sus sufrimientos en la feria. Este se juntó a Cristiano, y entrando con
él en pacto fraternal, prometió que sería su compañero. Así sucedió que
por uno que murió por dar testimonio de la verdad, se levantó otro de
sus cenizas para ser compañero de Cristiano en su viaje; y añadió
Esperanza que había otros muchos en la feria que a la primera
oportunidad le seguirían.
Vi luego que no habían andado aún mucho camino, cuando
alcanzaron a uno, que se llamaba Interés-privado, a quien preguntaron de
dónde venía y adonde iba. —Vengo—les contestó—de la ciudad
Buenas-palabras y me dirijo a la ciudad celestial. Más no les dijo su
nombre.
CRIST. — ¿De Buenas-palabras? ¿Vive alguien bueno allí?
INT.-PRIV. — Pues claro; ¿quién duda eso?
CRIST. — ¿Tiene usted la bondad de decirme su nombre?
INT.-PRIV. — (Caballero, yo soy un extraño para usted, y
usted lo es para mí; si usted va por ese camino, me alegraré tener su
compañía, y si no, me pasaré sin ella.
CRIST. — He oído alguna vez hablar de esa ciudad de
Buenas-palabras, y, según dicen, es un lugar de muchas riquezas.
INT.-PRIV. — Sí, por cierto; le puedo asegurar que las
hay, y tengo allí muchos parientes muy ricos.
CRIST. — ¿Me permite usted que le pregunte quiénes son
esos parientes?
INT.-PRIV. — Casi todos los de la ciudad; {pero en
particular el señor Voluble, el señor Contemporizador, el señor
Buenas-palabras, de cuyos ascendientes tomó primero su nombre la ciudad.
También los señores Halago, Dos-caras, Cualquier-cosa, el Vicario de
nuestra parroquia señor Dos-lenguas, que era hermano de mi madre por
parte de padre, y para decir toda la verdad, soy un caballero de muy
buena sangre, y, sin embargo, mi bisabuelo no era más que un barquero
que miraba en una dirección y remaba hacia la opuesta, en cuya ocupación
he adquirido yo casi toda mi hacienda.
CRIST. — ¿Es usted casado?
INT.-PRIV. — Sí, y mi mujer es una señora muy virtuosa,
hija de otra señora también virtuosísima, la excelentísima señora doña
Astucia, y por eso viene de una familia muy respetable, y ha llegado a
tal grado de cultura, que sabe perfectamente cómo llevar los aires lo
mismo a un príncipe que a un campesino. Verdad es que diferimos algo de
los más estrechos en materia de religión; pero es solamente en dos
pequeños puntos: primero, nunca peleamos contra viento y marea; segundo,
somos más celosos por la religión cuando se nos presenta con sandalias
de plata, y nos gusta mucho acompañarla en público cuando es a la luz
del sol, y la gente lo ve y lo aplaude.
Entonces Cristiano se volvió hacia su compañero
Esperanza, y le dijo aparte: —Si no me equivoco, éste es un tal
Interés-privado, natural de Buenas-palabras; y si así es, llevamos en
nuestra compañía el pillo más consumado de estos contornos.
—De seguro que no tendrá vergüenza en confesarlo -dijo
Esperanza.
Se le acercó, pues, Cristiano otra vez, y le dijo:
—Caballero, usted habla como un gran conocedor del mundo, y si no estoy
mal informado, me parece que ya adivino quién es usted. ¿No se llama
usted el Sr. Interés-privado de buenas-palabras?
INT.-PRIV. — No, señor; mi nombre no es ése, aunque en
verdad ése me han dado algunos que no pueden sufrirle, y tengo que
llevarlo resignadamente como un baldón, como lo han hecho otros buenos
hombres antes que yo.
CRIST. — ¿Pero no ha dado usted motivos para que le
pongan ese mote?
INT.-PRIV. — Nunca, jamás; lo único que alguna vez he
echo que pudiera darles motivo ha sido que siempre he tenido la suerte
de que mis juicios hayan coincidido con los del tiempo presente,
cualquiera que fuese, y siempre me han salido bien. Pero esto debo
mirarlo como una gran bendición, y no es justo que por ello los
malévolos me llenen de reproches.
CRIST. — Yo había conjeturado que era usted aquel de
quien había oído hablar, y si he de decir lo que pienso, le temo mucho
que efectivamente ese nombre le pertenece usted con más justicia de lo
que usted quiere que nosotros creamos.
INT.-PRIV. — Bueno; si así le place a usted, yo no lo
puedo remediar; con todo, verán ustedes en mí un compañero decente si se
deciden a admitirme a su lado.
CRIST. — Si usted quiere venir con nosotros tendrá usted
que remar contra viento y marea, y, según parece, esto no entra en su
credo. Tendrá usted que reconocer a la religión lo mismo en sus andrajos
que en su esplendor, y acompañarla lo mismo cuando sufra persecuciones
que cuando pasee por las calles con aplauso.
INT.-PRIV. — No quiera usted imponerse ni enseñorearse de
mi fe; déjeme a mi libertad, y con esta condición le acompañaré.
CRIST. — Ni un paso más si no se conforma usted con lo
que nosotros hagamos.
INT.-PRIV. — Yo nunca abandonaré mis antiguos principios,
puesto que son inocentes y provechosos. Si usted no me permite
acompañarle, haré lo que antes de alcanzar a usted: andar sólito hasta
que encuentre alguien que guste de mi compañía.
Entonces vi en mi sueño que le abandonaron Cristiano y
Esperanza, y se conservaron a cierta distancia delante de él. Pero
volviendo uno de ellos los ojos, vio a tres hombres que seguían al señor
Interés-privado, y cuando le hubieron dado alcance, él les hizo una
profunda reverencia, recibiendo de ellos un cariñoso saludo. Los nombres
de estos sujetos eran el señor Apego-al-mundo, el señor Amor-al-dinero y
el señor Avaricia, a los cuales Interés-privado había conocido antes,
porque se habían educado juntos en la misma escuela del señor Codicioso
de la ciudad de Amor-a-las-ganancias.
Este maestro les había enseñado el arte de adquirir,
fuese por violencia, fraude, adulación, mentira o so pretexto de
religión, y todos cuatro habían salido tan aventajados que por sí mismos
podían ponerse al frente de dicha escuela.
Después que, como he dicho, se saludaron recíprocamente,
Amor-al-dinero preguntó a Interés-privado quiénes eran los que iban
delante, porque todavía se veía a lo lejos a Cristiano y Esperanza.
INT.-PRIV. — Son dos hombres de un país lejano que van de
peregrinación, la cual hacen a su modo.
AMOR-AL-DINERO. — ¡Qué lástima que no se hayan détenido
para que gozáramos de su buena compañía, porque ellos y usted y nosotros
todos somos peregrinos!
INT.-PRIV. — Es verdad; pero los hombres que van delante
son tan rígidos, aman tanto sus propias ideas y tienen en tan poca
estima las opiniones de los demás, que, por piadoso que sea un hombre,
si no piensa en todo como ellos le despiden de su compañía.
AVARICIA. — Eso es malo; pero leemos de algunos que son
demasiado justos, y su rigidez les hace juzgar y condenar a todos menos
a sí mismos. Dígame usted: ¿cuáles y cuántos eran, los puntos sobre que
se diferenciaban ustedes?
INT.-PRIV. — Pues ellos, en su inflexibilidad, concluyen
que es su deber proseguir su camino en todos los tiempos, mientras yo
quiero esperar al viento y a la marea; ellos están por arriesgarlo todo
por Dios, y yo por aprovecharme de todas las ocasiones para asegurar mi
vida y hacienda ; ellos se empeñan en mantener sus ideas, aunque vayan
en contra de todos, y yo sigo la religión en cuanto y hasta donde lo
permitan los tiempos y mi propia seguridad; ellos quieren a la religión
aunque esté pobre y desgraciada, y yo cuando anda en esplendor y con
aplauso.
APEGO-AL-MUNDO. — Sí, y tiene usted muchísima razón. Yo,
por mi parte, considero muy tonto al que, pudiendo guardar lo que tiene,
es tan necio que lo pierde; seamos sabios como serpientes y seguemos la
hierba cuando esté en sazón. La abeja se está quieta todo el invierno, y
solamente se mueve cuando puede unir el provecho con el placer. Dios
envía unas veces la lluvia y otras veces el sol; si ellos son tan tontos
que quieren andar aún con lluvia, contentémonos nosotros con andar en el
buen tiempo. Por mi parte, me gusta más la religión que sea compatible
con la posesión y goce de las dádivas de Dios. Porque ya que Dios nos ha
otorgado las cosas buenas de esta vida, ¿quién será tan irracional que
pueda imaginarse que el Señor no quiere que las guardemos y gocemos por
su causa? Abraham y Salomón se enriquecieron en su religión. Job dice
que un hombre bueno atesorará oro como el polvo; pero de seguro no sería
como esos hombres que van delante de nosotros, si son como usted los ha
descrito.
AVARICIA. — Me parece que estamos todos de acuerdo sobre
este punto; no hace falta, pues, que nos ocupemos más de ello.
AMOR-AL-DINERO. — No; está ya de sobra toda palabra sobre
esto, y el que no cree ni en la Escritura ni en la razón (y vea usted
que arriba están de nuestra parte), ni conoce su propia libertad ni
busca su propia seguridad.
INT.-PRIV. — Amigos míos, todos somos, según se ve,
peregrinos, y para que mejor nos apartemos de las cosas malas, voy a
permitirme proponer esta cuestión.
Pongámonos en el caso de un Pastor de almas o un
comerciante a quienes se presentase la ocasión de poseer las cosas
buenas de esta vida, pero que no las pudiesen alcanzar en manera alguna
sin hacerse, por lo menos en la apariencia, extraordinariamente celosos
en algún punto de religión en que hasta entonces no se hubiesen metido;
¿no le será permitido poner los medios adecuados para conseguir su
objeto, sin dejar por eso de ser un hombre honrado?
AMOR-AL-DINERO. — Veo el fondo de vuestra cuestión, y con
el amable permiso de estos caballeros, voy a darle una contestación, y
primero quiero considerarla con relación a un Pastor. Supongamos de esta
clase un hombre bueno, que posee un beneficio muy pequeño, y que, en
expectativa de otro mucho más lucrativo y cómodo, tiene la oportunidad
de procurárselo, y esto con la condición) de ser más estudioso, predicar
más y con más celo, y porque lo exija el humor de la gente alterar
algunos de sus principios ; por mi parte, no veo razón alguna para que
ese hombre no pueda hacer esto, y aun mucho más, con tal que tenga
ocasión, sin dejar de ser por esto un hombre honrado; ¿y por qué?
1º Su deseo de un beneficio mejor es lícito, sin que esto
pueda admitir contradicción, puesto que es la Providencia la que se lo
presenta; así, que puede obtenerlo si está a su alcance y no se mezclan
cuestiones de conciencia.
2º Además, su deseo de ese beneficio le hace más
estudioso y más celoso predicador, y le obliga a cultivar más su
talento; todo lo cual, a no dudarlo, es muy conforme con la voluntad de
Dios.
3° En cuanto a acomodarse al carácter de su pueblo,
abandonando en sus aras algunos de sus principios, esto supone: 1°, que
es de un espíritu lleno de abnegación, 2º de un proceder dulce y
atractivo, y 3° por lo mismo más apto para el ministerio pastoral.
4° Deduzco, pues, que un Pastor que cambia un beneficio
pequeño por otro mayor no debe ser por ello tratado de avaro, sino muy
al contrario: puesto que por ello mejora sus facultades y celo, ha de
considerarse que no lace más que seguir su vocación y aprovecharse de la
oportunidad, puesta en su mano, de hacer bien.
En cuanto a la segunda parte de la cuestión, es decir,
con referencia al negociante, supongamos que tiene un negocio muy
reducido en el mundo; pero haciéndose religioso, puede mejorar su
suerte, tal vez encontrar una esposa rica u obtener más parroquianos y
mejores. Por mi parte, no veo razón alguna para que esto no pueda
hacerse muy legítimamente, porque: 1°, hacerse religioso es una virtud,
sea cualquiera el camino que el hombre tome para llegar a serlo; 2º,
también es lícito buscar una esposa rica, o más y mejores parroquianos;
3°, además, el hombre que alcanza estas cosas haciéndose religioso,
obtiene una cosa buena de otros que son también buenos, haciéndose bueno
él mismo; así que logra muchas cosas, todas buenas: buena esposa, buenos
parroquianos, buenas ganancias, y hacerse a sí mismo bueno. Por lo
tanto, el hacerse religioso para obtener todas estas cosas es un
designio bueno y provechoso.
Esta contestación del señor Amor-al-dinero fue muy
aplaudida por todos, y convinieron unánimes en que era buena y
ventajosa.
Y no admitiendo contradicción, según a ellos parecía, y
estando aún a su alcance Cristiano y Esperanza, acordaron entre sí
sorprenderlos con esta cuestión tan pronto como les diesen alcance, con
tanto más empeño, cuanto que ambos se habían apuesto antes al Sr.
Interés-privado. Así, pues, dieron voces tras ellos, obligándolos a
detenerse y esperarlos. Habían decidido que el que propusiese la
cuestión no fuese Interés-privado, sino Apego-al-mundo, porque, en su
opinión, la contestación que pudiera éste recibir no sería con el calor
que antes había habido entre ellos y el señor Interés-privado, al
despedirse. Juntáronse, pues, todos, y después de un corto saludo,
Apego-al-mundo propuso la cuestión, pidiéndoles solución si podían
darla.
Entonces Cristiano dijo: "No yo, sino un niño en
religión, podría contestar a mil preguntas como ésta; porque si es
ilícito seguir a Cristo por los panes, como se ve en Juan 6,26, ¡cuánto
más abominable será servirse de Cristo y de la religión como medio para
conseguir y gozar las cosas del mundo! Y sólo los gentiles, hipócritas,
demonios y hechiceros pueden aceptar semejante opinión.
1º Los gentiles: así vemos que cuando Hamor y Sichém
quisieron poseer la hija y ganados de Jacob, y veían que no había otro
camino para ellos que dejarse circuncidar, dijeron a sus compañeros: "Si
se circuncidare en nosotros todo varón, así como ellos son
circuncidados, sus "ganados y su hacienda, y todas sus bestias serán
nuestros".
"Lo que ellos buscaban eran sus hijas y sus ganados, y la
religión no era más que el medio para llegar a tal fin.
2° Los fariseos hipócritas fueron también religiosos por
este estilo. Oraciones largas eran su pretexto; el devorar las casas de
las viudas, su intento; y por eso, su resultado fue mayor condenación
por parte de Dios.
3° Esta fue también la religión de Judas: el dinero. Era
religioso por la bolsa y lo que ella contenía; pero se perdió; fue
echado fuera como hijo de perdición.
4° A la misma estaba también afiliado Simón el Mago,
porque quería tener el Espíritu Santo para ganar dinero por este medio;
mas recibió de la boca de Pedro la sentencia merecida.
5° Tampoco puedo dejar de enunciar la idea de que aquél
que toma la religión para poseer el mundo, la dejará, lo ve necesario
para retenerlo; porque, tan cierto como que Judas tuvo por objeto el
mundo cuando se hizo religioso, lo es que por el mismo mundo vendió su
religión y su Señor. Así que contestar a la cuestión afirmativamente
según parece habéis hecho vosotros, y aceptar tal manifestación como
buena, es ser pagano, hipócrita e hijo perdición, y vuestra
recompensa será acomodada a vuestras obras."
A tal respuesta, se miraron unos a otros sin hallar qué
contestar. Esperanza, por su parte, aprobó también la re-contestación de
Cristiano; así que hubo un gran silencio entre ellos.
El señor Interés-privado y compañía se detuvieron para
que Cristiano y Esperanza pudieran adelantarse. Entonces Cristiano dijo
a su compañero: "Si estos hombres no pueden sostenerse ante la sentencia
de un hombre, ¿qué les pasará al presentarse al tribunal de Dios? Y si
los hacen callar los vasos de barro, ¿qué harán cuando sean sorprendidos
por las llamas de un fuego devorador?"
Adelantáronse, pues, otra vez Cristiano y Esperanza,
siguieron su camino hasta llegar a una hermosa llanura llamada Alivio.
Muy agradable les fue el tránsito por ella; pero era corta, y así,
pronto la atravesaron, encontrando al otro lado una pequeña altura
llamada Lucro, y en la cual una mina de plata. Algunos de los que antes
han pasado por allí habían dejado el camino para visitarla, porque la
hallaban muy rara; pero les sucedió que, acercándose demasiado al borde
del hoyo, siendo falso el terreno que pisaban, cedió, cayeron y
murieron; otros no murieron, pero se imposibilitaron allí, y hasta el
día de su muerte no les fue posible recobrar sus fuerzas.
Vi entonces en mi sueño que a poca distancia del camino y
cerca de la entrada de la mina, estaba Demás para llamar cortésmente a
los peregrinos a que se acercaran a verla. Este dijo a Cristiano y a su
compañero: ¡Eh! Venid acá, y veréis una cosa sorprendente.
CRIST. — ¿Qué puede haber tan digno que merezca
detenernos y desviarnos de nuestro camino?
DEMÁS. — Aquí hay una mina de plata, donde se puede cavar
y sacar un tesoro; si queréis venir, con un poco de trabajo podréis
proveeros abundantemente.
ESPER. — Vamos a verla.
CRIST. — Yo no. He oído hablar de este lugar antes de
ahora, y de muchos que han perecido en él; además, ese tesoro es un lazo
para los que lo buscan, porque les estorba en su peregrinación.
Entonces gritó Cristiano a Demás, diciendo: — ¿No es
verdad que el lugar es peligroso? ¿No ha estorbado a muchos en su
peregrinación?
DEMÁS. — Es peligroso solamente para aquellos que se
descuidan—; pero esto lo dijo sonrojándose.
CRIST. — Esperanza, no demos un solo paso en esa
dirección; sigamos nuestro propio camino.
ESPER. — De seguro que cuando llegue aquí ese señor
Interés-privado, si se le hace la misma invitación, se desviará para
verlo.
CRIST. — Sin duda, porque sus principios le conducen por
ahí, y es casi seguro que ahí morirá.
DEMÁS. — ¿Pero no queréis venir para verlo?
CRIST. (Negándose resueltamente). — Demás, tú eres
enemigo de los caminos rectos del Señor, y ya has sido condenado, por
haberte desviado tú mismo, por uno de los jueces de S. M. ¿Por qué
procuras envolvernos en semejante condenación? Además, si nos desviamos
en lo más mínimo, de seguro nuestro Señor el Rey será sabedor de ello y
nos avergonzará allí donde menos queremos ser avergonzados; es decir:
delante de él.
DEMÁS. — Yo también soy uno como vosotros, y si me
esperáis un poco os acompañaré.
CRIST. — ¿Cómo te llamas? ¿No es tu nombre el que te he
dado?
DEMÁS. — Sí; mi nombre es Demás, y soy hijo de Abraham.
CRIST. — Ya te conozco; tuviste por bisabuelo a Giezi y
por padre a Judas, y has seguido sus huellas. Es una trampa infernal la
que nos tiendes; tu padre se ahorcó por traidor, y no mereces mejor
tratamiento. Te aseguro que cuando lleguemos a la presencia del Rey le
informaremos de esta tu conducta. — Y con esto prosiguieron su camino.
En aquel momento llegaron Interés-privado y sus
compañeros, y a la primera indicación se acercaron a Demás, No puedo,
con seguridad, decir si cayeron en el hoyo por haberse aproximado mucho
a su borde, o si bajaron a él para cavar, o si se ahogaron en el fondo
por las exhalaciones que de él suelen desprenderse; pero noté que no
volvieron a aparecer en todo el camino. Entonces dijo Cristiano: "El
Señor Interés-privado y Demás se entienden mutuamente; llama el uno y
responde el otro; su codicia los tiene cegados. ¡Infelices! Así pasa a
los que sólo piensan en este mundo, creyendo que no hay uno más allá."
Vi después que cuando llegaron los peregrinos al otro
lado de la llanura se encontraron con un antiguo monumento, cuya vista
los dejó bastante preocupados por lo extraño de su figura; pues parecía
una mujer que hubiese sido transformada en figura de una columna. Aquí
se detuvieron admirados, y por algún tiempo no se lo podían explicar.
Por fin, descubrió Esperanza un letrero sobre la cabeza de la figura;
pero no siendo hombre de letras, llamó la atención de Cristiano para ver
si lo descifraba. Cristiano, después de un poco de examen, halló que
decía: “Acuérdate de la mujer de Lot.” Ambos concluyeron que debía ser
la columna de sal en que fue transformada la mujer de Lot por haber
mirado hacia atrás con corazón codicioso, cuando huía de Sodoma. Esta
vista repentina sorprendente les dio ocasión para el siguiente diálogo:
CRIST. — ¡Ah, hermano mío! Muy oportuna es esta vista,
sobre todo después de la invitación que nos hizo Demás para pasar al
collado de Lucro. Si hubiéramos pasado como él quería, y como también
tú, hermano, estabas dispuesto a hacer, por lo que vi, hubiéramos sido
hechos también un espectáculo para los que vengan detrás.
ESPER. — Mucho me pesa el haber sido tan necio, y extraño
no estar ya como la mujer de Lot, porque, ¿qué diferencia hay entre su
pecado y el mío? Ella no hizo más que mirar hacia atrás; yo tuve deseo
de pasar a verlo. ¡Bendita sea la gracia preventiva! Me avergüenzo de
haber abrigado tal deseo en mi corazón.
CRIST. — Notemos bien lo que aquí vemos para nuestra
ayuda en lo sucesivo; esta mujer se libró de un castigo, porque no
pereció en la destrucción de Sodoma, y, sin embargo, le alcanzó otro
castigo, como estamos viendo: quedó hecha una estatua de sal.
ESPER. — Verdad es; séanos esto de aviso para que
evitemos su pecado, y ejemplo del juicio que alcanzará a los que no se
corrigen con el aviso. De la misma manera fueron también ejemplo, para
que otros aprendiesen, Coré, Dathán y Abiram con los doscientos
cincuenta hombres que perecieron con ellos en su pecado. Pero más que
nada me preocupa una cosa. ¿Cómo pueden Demás y sus compañeros estar
allí tan confiadamente en busca de ese tesoro, cuando esta mujer, por
sólo haber mirado hacia atrás (pues no leemos que se desviara un solo
paso del camino), se volvió estatua de sal? Y más, si se considera que
el juicio que la alcanzó la hizo un ejemplo palpable que hasta entra por
los ojos, porque, aunque quieran, no pueden dejar de verla siempre que
levantan su vista.
CRIST. — Es, en verdad, maravilloso, y esto prueba que
sus corazones están ya desahuciados, y con nadie pueden compararse mejor
que con los que roban a la misma presencia del juez, o con los que
asesinan delante de la misma horca. Se dice de los hombres de Sodoma que
eran pecadores en gran manera, porque lo eran "delante de Jehová"; es
decir: a sus ojos, y a pesar de las bondades que les había prodigado,
porque la tierra de Sodoma era como el antiguo huerto de Edén. Esto,
pues, le provocó tanto más a celos e hizo que su plaga fuese tan
ardiente como pudiera serlo el fuego del cielo del Señor. Y es muy
razonable concluir que hombres como éstos, que se empeñan en pecar a la
misma, vista y a despecho de tales ejemplos, que se les ponen delante
para escarmiento, se hacen acreedores a los más severos castigos.
ESPER. — Esto es, sin duda, lo cierto. Pero ¡qué
misericordia tan grande nos ha sido dispensada de que ni tú, ni
especialmente yo, hayamos sido hechos otro ejemplo semejante! Esto nos
debe excitar a dar gracias a Dios, vivir siempre en temor delante de él,
y no olvidar nunca a la mujer de Lot.