CRIST.
— ¿Adonde van?
HOMB. —
Atrás, atrás; y si estimas en algo tu vida y tu paz, te aconsejamos que
hagas lo mismo.
CRIST.
— 'Pues, ¿por qué? ¿Qué hay?
HOMB. —
¿Qué? Nos dirigíamos por este mismo camino que tú llevas; habíamos
avanzado ya hasta donde nos atrevimos; pero apenas hemos podido volver,
porque si hubiéramos dado unos cuantos pasos más no estaríamos ahora aquí
para darte estas noticias.
CRIST.
— Pero, ¿qué es lo que habéis encontrado?
HOMB. —
Casi estábamos ya en el valle de Sombra-de-muerte, cuando felizmente
extendimos nuestra vista delante de nosotros y descubrimos el peligro
antes de llegar.
CRIST.
— Pero, ¿qué habéis visto?
HOMB. —
¡Ah! Hemos visto el valle mismo, que es tan negro como la pez (Sustancia
resinosa, ólida, que se obtiene echando en agua fría el residuo que deja
la trementina después de sacarle el aguarrás); hemos visto allí los
fantasmas, sátiros y dragones del abismo; hemos oído también en ese valle
un continuo aullar y gritar como de gentes sumidas en miseria indecible,
que allí sufren agobiadas bajo el peso de aflicciones y cadenas. Sobre
este valle también se extienden las horrendas nubes de la confusión; la
muerte también cierne sus alas constantemente sobre él. En una palabra:
allí todo es horrible y todo está en espantoso desorden.
CRIST.
— Lo que decís no me demuestra sino que éste es el camino que debo seguir
hacia el deseado puerto.
HOMB. —
Sea enhorabuena; nosotros no queremos seguir éste.
Y con
esto se separaron, y Cristiano siguió su camino; pero siempre con la
espada desnuda en su mano por temor de ser acometido.
Entonces medí con mi vista todo lo largo de este valle, y vi a la derecha
del camino un foso profundísimo, que es adonde unos ciegos han guiado a
otros ciegos durante todos los siglos, habiendo todos perecido en él
miserablemente. Por la izquierda vi un charco peligrosísimo, en el cual,
aun siendo bueno el que tiene la desgracia de caer, no halla fondo para
sus pies; en él cayó el rey David una vez, e indudablemente se hubiera
ahogado si no le hubiera sacado el que es poderoso para hacerlo.
La
senda era también excesivamente estrecha, viéndose por lo mismo el bueno
de Cristiano en muy grande apuro, porque en la oscuridad, si procuraba
apartarse del foso por un lado, se exponía a caer en el charco por el
otro; si trataba de evitar el charco, a no tener sumo cuidado, estaba a
punto de caer en el foso. De esta manera marchaba, lanzando amargos
suspiros, porque sobre los peligros ya mencionados, el camino por aquí
estaba tan oscuro, que muchas veces, al levantar su pie para dar un paso,
no sabía dónde ni sobre qué iba a sentarle.
Como a
la mitad de este valle, vi que se encontraba la boca del infierno a
orillas del camino.
Terrible fue entonces la situación de Cristiano, que no sabía qué hacer,
pues veía salir llamas y humo con tanta abundancia, juntamente con chispas
y ruidos infernales, que, viendo Cristiano que de nada le servía la espada
que tanto le había valido contra Apollyón, determinó envainarla y echar
mano de otra arma, a saber: de TODA ORACIÓN. Y así le oía exclamar: "Libra
ahora, oh Jehová, mi alma". Así siguió por mucho tiempo, viéndose de vez
en cuando envuelto por las llamas; también oía voces tristes y gente como
corriendo de una a otra parte; de manera que a lo mejor creía iba a ser
desgarrado o pisoteado como el lodo en las calles. Este espectáculo
horroroso y estos ruidos terribles le siguieron por algunas leguas.
Por fin
llegó a un lugar donde le pareció oír que venía hacia él una legión de
enemigos; esto le hizo detenerse y pensar seriamente qué le convendría
hacer. Por una parte le parecía mejor volver; pero por otra pensaba que
tal vez habría pasado ya más de la mitad del valle. También se acordó de
cómo había vencido ya muchos peligros, y discurrió que el peligro de
volver podría ser mías y mayor que el de avanzar y se decidió a seguir.
Pero como los enemigos parecían acercarse más y más, hasta llegar casi a
tocarle, gritó entonces con una voz vehementísima: "Andaré en la fuerza de
Jehová." A cuyo grito huyeron y no volvieron a molestarle más.
Una
cosa me llamó mucho la atención, y no lo quisiera pasar por alto. Advertí
que el pobre Cristiano estaba tan aturdido, que no conocía su propia voz,
y lo advertí de la manera siguiente: Cuando hubo llegado frente a la boca
del abismo encendido, uno de los malignos se deslizó suavemente detrás de
él y silbó a su oído muchas y muy terribles blasfemias, que el pobre creía
salían de su propio corazón. Esto apuró a Cristiano más que todo cuanto
hasta entonces había sucedido; ¡pensar siquiera que pudiera blasfemar de
Aquél a quien antes había amado tanto! Si hubiera podido remediarlo no lo
hubiera hecho; pero no tuvo la discreción de taparse los oídos, ni la de
averiguar de dónde venían estas blasfemias.
Ya
llevaba Cristiano bastante tiempo en tan desconsolada situación, cuando le
pareció oír la voz de un hombre que iba delante de él diciendo: "Aunque
ande por el valle de Sombra-de-muerte no temeré mal alguno, porque tú
estás conmigo". Esto le puso gozoso por muchas razones:
1.a
Porque infería de aquí que algunos otros que temían a Dios estaban también
en este valle.
2.a
Porque percibía que Dios estaba con ellos, aunque su estado era tan oscuro
y triste. "¿Y por qué no también conmigo—pensó en su interior—, aunque por
razón del impedimento propio de este lugar no puedo percibirlo?".
3.a
Porque esperaba (si lograba alcanzarlos) tener luego compañía. Se animó,
pues, a seguir su marcha, y dio voces al que iba delante; pero éste,
creyéndose también solo, no sabía qué contestar. Muy pronto empezó a rayar
el alba, y Cristiano dijo: "El vuelve en mañana las tinieblas". Luego
amaneció el día, y dijo Cristiano: "En mañana vuelve la sombra."
Venida
la mañana, volvió la vista hacia atrás, no porque desease volver, sino
para ver con la luz del día los peligros que había pasado durante la
noche. Vio, pues, más claramente el foso por una parte y el charco por
otra, y cuan estrecha había sido la senda que pasaba por entre los dos;
vio también los fantasmas, los sátiros y dragones del abismo, pero todos
muy lejos; porque con la luz del día nunca se acercaban, pero le eran
descubiertos, según está escrito: "El descubre las profundidades de las
tinieblas y saca a luz la sombra de muerte". Grande impresión sintió
Cristiano al verse libre de los peligros de aquel solitario valle; pues
aunque los había temido mucho, ahora que los miraba a la luz del día
conocía mejor su gravedad. En esto se levantó el sol, y no fue pequeña
merced, pues si peligrosísima había sido la primera parte del valle, la
segunda, que aún le restaba que andar, prometía, a ser posible, muchos más
peligros, porque desde el punto que se encontraba hasta el mismo fin del
valle el camino estaba tan lleno de lazos, trampas, cepos y redes por una
parte, y tan sembrado de abismos, precipicios, cavidades y barrancos por
otra, que si entonces hubiese sido noche, como en la primera parte del
camino, mil almas que tuviera las hubiera perdido todas sin remedio; mas,
por fortuna, acababa de levantarse el sol. Entonces dijo él: "Hace
resplandecer su candela sobre mi cabeza, a la luz de la cual yo camino en
la oscuridad".
Con
esta luz, pues, llegó Cristiano al fin del valle, donde vi en mi sueño
sangre, huesos, cenizas y cuerpos de hombres hechos pedazos, que eran
cuerpos de peregrinos que en tiempos atrás habían andado este camino.
Pensaba yo sobre lo que podía haber sido causa de esto, cuando descubrí
más adelante una caverna, donde anteriormente vivían dos gigantes, Papa y
Pagano, cuyo poder y tiranía habían causado tamaños horrores.
Cristiano pasó por allí sin gran peligro, lo cual excitó mi admiración;
mas después me lo he explicado fácilmente, sabiendo que Pagano ha muerto
hace mucho tiempo y en cuanto al otro, aunque vive todavía, su mucha edad
y los vigorosos ataques que ha sufrido en su juventud le han puesto tan
decrépito y sus coyunturas tan rígidas, que ahora no puede hacer más que
estar a la boca de su caverna, dirigiendo amenazas a los peregrinos cuando
pasan y desesperándose porque no puede alcanzarlos.
Cristiano prosiguió su viaje, y la vista del anciano sentado a la boca de
la caverna le dio mucho que pensar, especialmente al oír que, no pudiendo
moverse, le gritaba: —No os enmendaréis hasta que muchos más de vosotros
.seáis entregados a las llamas—. Pero nada respondió, y pasando sin
inquietud y sin recibir daño alguno, cantó: