La confesión positiva

 

Ocasionalmente a lo largo de toda la historia de la iglesia, ha habido personas que han tomado posiciones extremas respecto de grandes verdades bíblicas. Las expresiones confesión positiva y confesión negativa han recibido aceptación en una forma extrema en algunos círculos durante los últimos años.

El hecho de que se enfoquen en esta declaración los extremos, no implica un rechazo de la doctrina de la confesión. Es una verdad importante. La Biblia enseña que las personas deben confesar su pecado. (1 Juan 1:9.) Deben confesar a Cristo. (Mateo 10:32; Romanos 10:9, 10) Deben mantener una buena confesión. (Hebreos 4:14; 20:23.)

Sin embargo, cuando al insistir en una doctrina, las personas van más allá o en sentido contrario a las enseñanzas de las Escrituras, no honran esa doctrina. Al contrario, traen reproche sobre ella y sobre la obra del Señor. Por lo tanto es importante llamar la atención a estos excesos y mostrar cómo se hallan en conflicto con la Palabra de Dios.

La enseñanza de la confesión positiva descansa en una definición tomada del diccionario ingles para la palabra confesar: “reconocer, o poseer; reconocer fe en”. También se describe la confesión como la afirmación de algo que se cree, el testimonio de algo conocido y el testimonio a favor de una verdad que se ha abrazado.

Esta noción da un paso más, dividiendo la confesión en el aspecto positivo y el negativo. El reconocimiento del pecado, la enfermedad u otras situaciones indeseables es para ellos una confesión negativa. La positiva es el reconocimiento o la toma de posesión de situaciones deseables.

Aunque hay variantes de interpretación y énfasis respecto de esta enseñanza, una de las conclusiones parece ser que se puede evitar lo desagradable refrenándose de hacer confesiones negativas. También se puede disfrutar de lo agradable haciendo confesiones positivas.

Según este punto de vista, el creyente que se refrena de reconocer lo negativo y afirma continuamente lo positivo, se asegura unas circunstancias agradables. Será capaz de dominar la pobreza, los padecimientos y la enfermedad. Sólo se enfermará si confiesa estar enfermo.

Alega esta idea que Dios quiere que los creyentes usen las mejores ropas, conduzcan los mejores autos y tengan lo mejor de todo. Los creyentes no tienen por que sufrir problemas económicos, según estos maestros. Todo lo que necesitan hacer es decirle a Satanás que quite las manos de su dinero. El creyente puede tener todo cuanto diga, ya sea espiritual, física o económica su necesidad. Se enseña que la fe impulsa a Dios a obrar.

De acuerdo con esta posición, lo que una persona diga es lo que determina lo que recibirá y en lo que se convertirá. Por esto se les exhorta a las personas que comiencen a confesar, aunque lo que quieren no se haya realizado. Si una persona quiere dinero, debe confesar que lo tiene, aunque no sea cierto. Si quiere sanidad, la debe confesar, aunque obviamente no sea el caso. Se le dice a la gente que puede alcanzar cuánto diga y por esta razón se le da gran importancia a la palabra hablada. Se afirma que la palabra hablada, si se la repite suficientemente, terminará produciendo la fe que consigue la bendición deseada. Se les promete una vida libre de problemas.

Los creyentes deben tener en cuenta la totalidad de las enseñanzas de las Escrituras.

Surgen problemas cuando se aíslan las declaraciones de la Biblia de su contexto y de lo que dice el resto de las Escrituras acerca de un tema dado. Se producen extremos que distorsionan la verdad y terminan por herir a los creyentes en particular y a la causa de Cristo en general.

El apóstol Pablo presentó un importante principio en cuanto a la interpretación de las Escrituras, que llama acomodar lo espiritual a lo espiritual (1 Corintios 2:13). Hay que tener en cuenta todo lo que dice la palabra de Dios respecto de un tema. Sólo una doctrina que esté basada en una visión total de las Escrituras se conforma a esta regla bíblica de interpretación.

Cuando los creyentes estudian la vida de fe y victoria que Dios tiene para su pueblo, es importante que busquen el equilibrio en las cosas en que insisten las Escrituras. Esto los ayudará a evitar los extremos que al final frustran a los creyentes.

Cuando la enseñanza de la confesión positiva indica que admitir debilidad es aceptar la derrota, admitir necesidad económica es aceptar la pobreza y admitir enfermedad es impedir la sanidad, se va más allá de la armonía de las Escrituras.

Por ejemplo, el rey Josafat admitió no tener poder contra una alianza enemiga, pero Dios le dio una maravillosa victoria. (2 Crónicas 20) Pablo admitió su debilidad y declaró después que cuando era débil era fuerte, porque la fortaleza de Dios se perfecciona en la debilidad. (2 Corintios 12:9, 10)

Después que los discípulos reconocieron que no tenían suficiente para alimentar a la multitud, Cristo proporcionó maravillosamente una cantidad más que adecuada. (Lucas 9: 12, 13) Después de admitir los discípulos que no habían pescado nada, Jesús los dirigió en un esfuerzo sumamente exitoso. (Juan 21:3-6.)

A estas personas no se les dijo que reemplazaran las confesiones negativas con confesiones positivas contrarias a la realidad. Dijeron las cosas tal como eran, en lugar de fingir que eran de otra forma. Con todo, Dios intervino maravillosamente.

La comparación de unos textos de las Escrituras con otros indica claramente que las expresiones verbales positivas no producen siempre efectos felices, ni las declaraciones negativas tienen siempre por consecuencia efectos desdichados. Enseñar que los dirigentes de los primeros tiempos de la Iglesia, como Pablo, Esteban y Trófimo, no vivían en un continuo estado de bienestar material y salud porque no tenían luz de esta enseñanza, es irse más allá de la Palabra de Dios y en contra de ella. Una doctrina sólo es sólida si se desarrolla dentro del marco de la enseñanza total de las Escrituras.

La palabra griega traducida confesar significa hablar la misma cosa. Cuando alguien confiesa a Cristo, esto consiste en decir la misma cosa que dicen las Escrituras respecto de Cristo. Cuando alguien confiesa su pecado, habla lo mismo que dicen las Escrituras respecto del pecado. También, cuando alguien confiesa alguna promesa de las Escrituras, debe estar seguro de que dice lo mismo que afirma la enseñanza total de las Escrituras acerca de ella.

A este respecto son apropiadas las palabras de Agustín: Si crees lo que te gusta en el evangelio, y rechazas lo que no te gusta, no crees en el evangelio, sino en ti mismo.

Los creyentes deben tener en cuenta la voluntad de Dios de manera adecuada.

Cuando la doctrina de la confesión positiva indica que una persona puede tener todo cuanto diga, deja a un lado la necesidad de tener en cuenta la voluntad de Dios. David tenía la mejor de las intenciones cuando indicó su deseo de construir un templo para el Señor, pero aquello no era voluntad de Dios. (1 Crónicas 17:4.) Se le permitió reunir materiales, pero sería Salomón quien construiría el templo.

Pablo pidió en oración que le fuera quitado el aguijón de su carne, pero no era esa la voluntad de Dios. En lugar de quitarle el aguijón, Dios le dio a Pablo gracia suficiente. (2 Corintios 12:9. )

Los anhelos del corazón no son siempre el criterio por medio del cual se determina cuál es la voluntad divina. Hay momentos en que lo que produce gozo o placer podría no ser la voluntad de Dios. Santiago aludía a esto al escribir: Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites (Santiago 4:3). La palabra traducida deleites no se refiere a deseos pervertidos, sino al placer o disfrute, cosas que el corazón anhela.

En Getsemaní Jesús pidió que la copa fuera apartada de Él, si era posible. Ese era su deseo, pero en su oración reconocía la voluntad de Dios. (Lucas 22:42. )

La Biblia reconoce que hay momentos en que un creyente no sabe cuál es la voluntad de Dios. Hasta es posible que se sienta perplejo, como se sintió Pablo algunas veces. (2 Corintios 4:8.) En esos momentos, en lugar de limitarse a hacer una confesión positiva basada en los deseos de su corazón, el creyente necesita reconocer que el Espíritu Santo intercede por él según la voluntad de Dios. (Romanos 8:26, 27.)

Dios siempre debe tener la prioridad sobre los planes o deseos del creyente. Nunca debemos perder de vista las palabras de Santiago: Deberéis decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello (Santiago 4: 15).

Conseguir lo que quiere el creyente no es tan sencillo como repetir una confesión positiva. Las cosas que le agradan podrían estar fuera de la voluntad de Dios, y al contrario, las que le desagradan podrían hallarse dentro de ella. Que los creyentes digan lo mismo que los amigos de Pablo: Hágase la voluntad del Señor (Hechos 21:14), en vez de exigir una vida libre de sufrimiento.

Los creyentes deben reconocer la importancia de la insistencia en la oración

Cuando la opinión de la confesión positiva enseña que los creyentes deben confesar las cosas que Dios ha prometido en lugar de pedirlas en oración, pasa por alto la enseñanza de la Palabra de Dios respecto de la oración insistente. Según algunos de los que sostienen esta noción de la confesión positiva, las promesas de Dios pertenecen al campo de las bendiciones materiales, físicas y espirituales; los creyentes deben reclamar o confesar estas bendiciones, sin orar por ellas.

La indicación de no pedir las bendiciones prometidas es contraria a las enseñanzas de la Palabra de Dios. El alimento es una de las bendiciones prometidas por Dios; sin embargo, Jesús les enseñó a sus discípulos a orar diciendo: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy (Mateo 6:11). La sabiduría es una bendición prometida por Dios; sin embargo, las Escrituras dicen que si alguno tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente, y sin reproche (Santiago 1:5). Jesús dijo que el Espíritu Santo es la promesa del Padre (Lucas 24:49); sin embargo, también enseño que Dios les daría el Espíritu Santo a quienes lo pidieran. (Lucas 11:13.)

Jesús hizo resaltar la importancia de la insistencia en la oración. El ejemplo del amigo importuno que llegó a medianoche pidiendo pan que poner ante sus huéspedes se convirtió en la base de esta declaración de Cristo: Pedid, y se os dará (Lucas 11:5-10). La parábola de la viuda y el juez injusto fue la ocasión para que el Señor destacara la necesidad de ser insistentes en la oración. (Lucas 18:1-8.) El elogio hecho a estas personas se debió a su importunidad y no a que hubieran hecho una confesión positiva, sin orar.

Los creyentes deben reconocer que pueden esperar sufrimientos en esta vida.

La enseñanza de la confesión positiva aboga a favor de que vivamos como reyes. Enseña que los creyentes deben dominar las circunstancias, en lugar de ser dominados por ellas. Se mencionan con frecuencia la pobreza y la enfermedad entre las circunstancias que hay que vencer.

Si los creyentes escogen como modelos a los reyes de este mundo, les interesará más la prosperidad física y material que el crecimiento espiritual. En cambio, cuando los creyentes escogen al Rey de reyes como modelo, sus anhelos son completamente distintos. Desearán que su enseñanza y ejemplo los trasformen. Reconocerán la verdad que hay en Romanos 8: 17, escrito acerca de los que son coherederos con Cristo: ?Si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.?

Aunque Cristo era rico, se hizo pobre por nosotros. (2 Corintios 8:9.) Él pudo decir: ?Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; más el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza? (Mateo 8:20). Dios ha dotado en su providencia a algunos con la capacidad de acumular más riquezas que otros, pero hay algo trágicamente ausente cuando no se está dispuesto a cumplir la voluntad de Dios y entregarlo todo si hace falta, incluso las comodidades.

Jesús nunca dejó de ser Dios y obró muchos milagros por el poder del Espíritu Santo; sin embargo, no estuvo libre de sufrimientos. Sabía que debería sufrir muchas cosas de los ancianos judíos. (Mateo 16:21; 17: 12. ) Deseaba ardientemente comer la Pascua con los discípulos antes de sufrir. (Lucas 22:15.) Después de su muerte, los discípulos reconocieron que sus sufrimientos eran el cumplimiento de las profecías. (Lucas 24:25, 26, 32. )

Cuando los creyentes comprenden que reinar en esta vida es tomar a Cristo como modelo de rey, entonces reconocen que esto puede incluir el sufrimiento; que algunas veces es más digno de un rey permanecer firme en medio de circunstancias desagradables que tratar de convertir en agradables todas las circunstancias.

A Pablo se le había mostrado que iba a sufrir. (Hechos 9:16.) Más tarde se regocijó en sus sufrimientos por los colosenses. Vio sus sufrimientos como algo que cumplía en su carne ?lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia (Colosenses 1:24).

El creyente consagrado no se desilusiona si la vida no es una serie continua de experiencias agradables. No se amarga si no consigue todo lo que su corazón desea. Reconoce que el siervo no es mayor que su amo. Seguir a Cristo exige negarnos a nosotros mismos. (Lucas 9:23. ) Esto comprende negar nuestros deseos egoístas y podría comprender la admisión de nuestros problemas.

Sostener que todo sufrimiento procede de confesiones negativas e indica falta de fe, contradice las Escrituras. Algunos héroes de la fe sufrieron grandemente; incluso algunos murieron por su fe, y fueron alabados por ello. Los problemas no son siempre una indicación de que existe falta de fe. Al contrario, pueden ser un tributo a la fe. (Hebreos 11:32-40.)

Los creyentes deben reconocer la soberanía de Dios.

La confesión positiva tiene la tendencia de hacer afirmaciones que hacen aparecer que el hombre es soberano y Dios es su sirviente. Se hacen declaraciones acerca de obligar a Dios a actuar, insinuando que Él ya no puede actuar de acuerdo con su sabiduría y sus planes. Se habla de la verdadera prosperidad como la posibilidad de usar la capacidad y el poder de Dios para satisfacer necesidades, sean cuales fueren. Esto pone al hombre en la posición de usar a Dios, en lugar de que el hombre sea usado por Dios.

En esta enseñanza se da muy poca consideración a la comunión con Dios para descubrir su voluntad. Se acude muy poco a escudriñar las Escrituras en busca del marco de la voluntad divina. En cambio, se ven los deseos del corazón como una obligación impuesta sobre Dios. Se ven como constituyentes de la autoridad del creyente.

Es cierto que Jesús dijo: .’Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo (Juan 14:13). No obstante, las Escrituras enseñan también que cuanto pidamos debe estar en armonía con la voluntad de Dios. Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye? (1 Juan s:14).

Estad quietos, y conoced que yo soy Dios (Salmo 46:10) sigue siendo hoy un importante mandato. Dios es Dios. No está dispuesto a rendir su gloria o soberanía ante nadie. Nadie va a obligar a Dios a actuar.

La autoridad del creyente sólo existe dentro de la voluntad de Dios, y es el creyente quien tiene la responsabilidad de descubrir la voluntad del Dios soberano y conformarse a ella, aun en las cosas que él desea. Las palabras de Pablo siguen teniendo aplicación: Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor (Efesios 5:17).

Cuando los creyentes reconocen la soberanía de Dios y se interesan de la forma debida en la voluntad divina, no hablan en función de obligar a Dios o de utilizar su poder. Hablan de convertirse en siervos obedientes. Desean convertirse en instrumentos rendidos en las manos del Señor.

Los creyentes deben aplicar la prueba práctica.

Al revisar los esfuerzos de los que abogan a favor de esta enseñanza de la confesión positiva, es evidente que el atractivo básico es para los cristianos que viven en una sociedad pudiente. ¿Tiene sentido esta enseñanza sólo para los que viven en una sociedad pudiente, o funciona también entre los refugiados del mundo? ¿Qué aplicación tiene esta enseñanza para los creyentes que los gobiernos ateos han encarcelado por su fe? ¿Son creyentes de poca fe los que sufren el martirio o graves daños físicos a manos de dictadores crueles y despiadados?

Las verdades de la Palabra de Dios tienen aplicación universal. Son tan eficaces en los barrios bajos como en los barrios residenciales. Son tan eficaces en la selva como en la ciudad. Son tan eficaces en otras naciones como en la de uno. Son tan eficaces entre las naciones empobrecidas como entre las ricas.

Los creyentes deben tratar la palabra ?rhema? de la manera debida.

Los partidarios de esta idea suelen hacer una distinción entre las palabras logos y rhema. Afirman que la primera se refiere a la palabra escrita. La segunda, a lo que se habla en el presente por fe. Según este punto de vista, todo lo que se hable por fe se convierte en inspirado y se reviste del poder creador de Dios.

Hay dos problemas principales en esta distinción. En primer lugar, el uso no justifica la distinción, ni en el griego del Nuevo Testamento ni en la versión de los Setenta (versión griega del Antiguo Testamento). En ambos se usan las dos palabras de forma sinónima.

En el caso de la versión de los Setenta, tanto rhema como logos son usadas para traducir una sola palabra hebrea, dabar, que se utiliza de varias formas relacionadas con la comunicación. Por ejemplo, la palabra dabar (traducida palabra de Dios) es usada tanto en Jeremías 1:1 como en Jeremías 1:2. Sin embargo, en la versión de los Setenta se la traduce rhema en el versículo 1 y logos en el versículo 2.

En el Nuevo Testamento también se usan las palabras rhema y logos de manera intercambiable. Esto se puede ver en pasajes como 1 Pedro 1:23 y 25. En el versículo 23 es el logos de Dios que vive y permanece para siempre. En el versículo 25, el rhema del Señor permanece para siempre. También en Efesios 5:26 los creyentes son lavados en el lavamiento del agua por el rhema. En Juan 15:3 los creyentes son limpios por el logos.

Las distinciones entre logos y rhema no se pueden sostener por medio de evidencias bíblicas. La Palabra de Dios, ya sea que se la llame logos o rhema, es inspirada, eterna, dinámica y milagrosa. Que la Palabra sea escrita o hablada no altera su carácter esencial. (2 Timoteo 3:l6, 17.)

Existe un segundo problema entre aquellos que hacen una distinción entre las palabras logos y rhema. Algunas veces se escogen pasajes de las Escrituras sin preocupación por el contexto o analogía de fe, y afirman decirlos por fe. En este tipo de aplicación del llamado principio del rhema, sus partidarios están más interesados en hacer que la Palabra signifique lo que ellos quieren que signifique, que en convertirse en lo que la Palabra quiere para ellos. En algunas ocasiones es evidente que aman a Dios más por lo que Él hace que por lo que es.

Hay que evitar todo tipo de existencialismo cristiano. No se puede aislar pasajes de las Escrituras de su contexto, o hacer eternos algunos pasajes y contemporáneos otros.

Conclusión

Al estudiar una doctrina, siempre es necesario preguntarse si está en armonía con la enseñanza total de las Escrituras. Las doctrinas que se basen en menos que en una visión total de las verdades bíblicas sólo pueden ocasionar daño a la causa de Cristo. Con frecuencia se pueden volver más dañinas que las opiniones que rechazan totalmente las Escrituras.

La Palabra de Dios enseña grandes verdades como la sanidad, la providencia de Dios en las necesidades, la fe y la autoridad de los creyentes. También la Biblia enseña que una mente disciplinada es un factor de importancia en una vida triunfante.

Cuando aparecen abusos algunas veces existe la tentación de retirarse completamente de estas grandes verdades de la Palabra de Dios. En algunos casos las personas llegan a perder por completo su relación con Dios cuando descubren que estas insistencias exageradas no siempre satisfacen sus expectaciones o causan la solución de los problemas.

La existencia de diferencias de opinión es razón de más para que los creyentes continúen escudriñando diligentemente las Escrituras. Es la razón por la que los siervos de Dios deben declarar fielmente todo el consejo divino.

-Tomado de The Believer and Positive Confesión, una declaración del Presbiterio General de las Asambleas de Dios de los EE.UU. de A., 1980.